LA
DEPRESIÓN, Alexander Lowen (Bionergética)
"La
persona deprimida es una persona que ha perdido su fe"
Por
qué nos deprimimos
Depresión
e irrealidad
La
depresión ha llegado a ser tan común que incluso en
psiquiatría se la describe como una reacción “perfectamente
normal”, con tal que, por supuesto, no interfiera en las reacciones
diarias. Pero aunque se considere “normal”, en el sentido
estadístico, no cabe decir que sea un estado saludable.
En
realidad no podemos esperar que un ser humano esté siempre
alegre. Ni siquiera los niños más cercanos a esta emoción
por naturaleza, están continuamente alegres. Pero el hecho
de que sólo ocasionalmente alcancemos altas cotas de alegría
no explica la depresión. La condición mínima
de un funcionamiento normalmente sano es el “sentirse bien”.
Una persona sana se siente bien la mayor parte del tiempo en las cosas
que hace, sus relaciones, su trabajo, su descanso y sus movimientos.
Su placer alcanza en ocasiones gran alegría e incluso puede
llegar al éxtasis, y de cuando en cuando experimentará
también dolor, tristeza, pesar y decepción. Sin embargo,
no llegará a deprimirse.
La
condición de la persona deprimida es que es incapaz de responder.
La incapacidad de responder es lo que distingue la situación
del deprimido de cualquier otra condición emocional. La persona
descorazonada recupera la fe y la esperanza al cambiar la situación.
Una persona hundida se levantará de nuevo cuando la causa que
lo ha producido desaparezca. Una persona triste se alegrará
ante la expectativa de placer. Pero nada es capaz de evocar una respuesta
en la persona deprimida; la perspectiva de placer o de pasarlo bien
sólo servirá, a menudo, para ahondar su depresión.
En
casos de depresión grave la pérdida de respuesta frente
al mundo es claramente evidente. Una persona gravemente deprimida
puede pasarse en la cama gran parte del día, incapaz de encontrar
energía para integrarse en la corriente de la vida. Pero la
mayoría de los casos no son tan graves. Otros pacientes deprimidos
no están tan incapacitados. Pueden ser capaz de continuar con
la rutina de sus vidas y parecer desenvolverse adecuadamente en su
trabajo. Pero quienes les conocen bien se dan cuenta de su estado.
(...)
Lo
común a toda reacción depresiva es la falta de realidad
que impregna la actitud y conducta de la persona. La persona deprimida
vive en función del pasado, con la correspondiente negación
del presente. Aunque no se da cuenta de que está viviendo en
el pasado porque también está viviendo en el futuro,
un futuro irreal.
Cuando
una persona ha experimentado una pérdida o trauma en su infancia
que ha socavado sus sentimientos de seguridad y auto-aceptación,
proyectará en su imagen de futuro la exigencia de que invierta
en su experiencia pasada. El individuo que de niño experimentó
una sensación de rechazo se representará un futuro lleno
de aceptación y aprobación prometedoras. Si de niño
luchó contra una sensación de desamparo e impotencia,
su mente compensará este insulto a su ego con una imagen de
futuro en la que se sienta poderoso y dominante. La mente, en sus
fantasías y elucubraciones, intenta invertir una realidad desfavorable
e inaceptable a base de crear imágenes que ensalcen al individuo
e hinchen su ego. Si una parte importante de la energía de
la persona se centra en estas imágenes y sueños, perderá
de vista que su origen está en esa experiencia infantil y sacrificará
el presente en aras de su cumplimiento. Estas imágenes son
metas irreales, y su realización es un objetivo inalcanzable.
La
búsqueda de la ilusión
Hoy
en día hay tanta gente que persigue metas irreales, sin relación
directa con sus necesidades básica como seres humanos, que
la depresión es algo casi normal. Todo el mundo necesita amar
y sentir que su amor es aceptado y en cierta medida correspondido.
El amor y la estima nos relacionan con el mundo y nos dan la sensación
de pertenecer a la vida. Ser amados es importante en la medida que
facilita la expresión activa de nuestro propio amor. La gente
no se deprime cuando ama. A través del amor uno se expresa
y afirma su ser e identidad.
La
auto-expresión, la expresión del self, es otra necesidad
básica de todos los seres humanos. La necesidad de auto-expresión
subyace en toda actividad creativa y es fuente de nuestro mayor placer.
En un individuo deprimido la auto-expresión está muy
limitada, por no decir enteramente bloqueada. En mucha gente se limita
a una pequeña área de sus vidas, generalmente a su trabajo
o negocios; e incluso incluso en esta área reducida la auto-expresión
se restringe cuando la persona trabaja compulsiva o mecánicamente.
La
auto-expresión, la expresión del self, significa la
expresión de sentimientos. El sentimiento más profundo
es el amor, aunque todos los sentimientos son parte del self y pueden
ser apropiadamente expresados por la persona sana. De hecho, la amplitud
de sentimientos que una persona puede expresar determina la amplitud
de su personalidad. Es bien sabido que la persona deprimida está
cerrada en sí misma y que al activar cualquier sentimiento
–tal como tristeza o rabia- tiene un efecto inmediato y positivo
sobre su estado depresivo. Las vías a través de las
cuales se expresan los sentimientos son la voz, el movimiento corporal
y los ojos. Cuando los ojos están apagados, la voz es monótona
y la motilidad está reducida, estas vías se cierran
y la persona se haya en un estado depresivo.
Otra
necesidad básica para todos los individuos es la libertad.
Sin ella es imposible la auto-expresión. Pero no me refiero
precisamente a la libertad política, aunque ésta sea
uno de sus aspectos esenciales. Uno debe ser libre en todas las situaciones
de la vida, en casa, en la escuela, como empleado y en las relaciones
sociales. No es libertad absoluta lo que se busca, sino libertad para
expresarse uno mismo, para tener voz en la regulación de los
propios asuntos. Toda sociedad humana impone ciertas restricciones
a la libertad individual en aras de la cohesión social, y esas
restricciones pueden ser aceptadas siempre y cuando no restrinjan
excesivamente el derecho de auto-expresión.
Hay,
sin embargo, prisiones interiores, además de las exteriores.
Estas barreras interiores a la auto-expresión son a menudo
más poderosas que las leyes o las restricciones forzosas a
la hora de limitar la capacidad de expresión de una persona;
y como a menudo son inconscientes o están racionalizadas, la
persona se halla mucho más encerrada en ellas que si se tratara
de fuerzas externas.
La
persona deprimida está presa por las barreras inconscientes
del “se debería” y “no se debería”,
que la aíslan, la limitan y pueden incluso aplastar su espíritu.
Mientras vive en esta prisión, la persona devana fantasías
de libertad, trama planes para su fuga y sueña un mundo en
que la vida será diferente. Estos sueños, como todas
las fantasías, le sirven para mantener su espíritu,
pero también le impiden confrontar de una manera realista las
fuerzas internas que le atan. Antes o después se derrumba la
ilusión, el sueño se desvanece, el plan falla y se encuentra
cara a cara con la realidad. Cuando esto sucede el individuo se deprime
y se siente desesperado.
Cuando
perseguimos ilusiones nos proponemos metas poco realistas, creyendo
que si las lográramos, automáticamente nos liberarían,
restablecerían nuestra capacidad de auto-expresión y
nos harían capaces de amar. Lo que es irreal no es la meta
sino la recompensa que se supone sigue a este logro. Entre las metas
que muchos de nosotros seguimos tan implacablemente están las
riquezas, el éxito y la fama. Sin embargo el dinero no da las
satisfacciones internas que son las que hacen que la vida merezca
la pena vivirse. En muchos casos la tendencia a ganar dinero desvía
la energía de actividades más creativas y auto-expresivas,
con lo cual el espíritu se empobrece.
A
su vez, la tendencia de la fama y el éxito se basa en la ilusión
de que no sólo incrementarán nuestra autoestima, sino
que además lograremos esa aceptación y aprobación
de los demás que parece que necesitamos. Es cierto que el éxito
y la fama aumentan nuestra autoestima e incrementan nuestro prestigio
en la comunidad, pero estos logros aparentes contribuyen bien poco
a la persona interior. Muchos triunfadores se han suicidado en la
cumbre del éxito. Nadie ha encontrado el verdadero amor a través
de la fama, y muy pocos han superado la sensación interna de
soledad gracias a ella. La verdadera vida se vive a un nivel mucho
más personal.
Por
lo tanto, se puede definir como meta irreal aquella que conlleva expectativas
poco realistas. El verdadero objetivo que hay tras la lucha por el
dinero, el éxito o la fama es la auto-aceptación, la
autoestima y la auto-expresión. (...) De hecho, cuando una
persona tiene que proyectar la imagen de “ser alguien”,
indica que en su interior se siente un “Don nadie”.
Si
queremos encontrar a la verdadera persona tras la fachada de su conducta
social tenemos que mirar a su cuerpo, sentir sus sentimientos y entender
sus relaciones. Sus ojos nos dirán si puede amar, su cara nos
dirá si es auto-expresivo y sus movimientos nos revelarán
el grado de libertad interior. Cuando estamos en contacto con un cuerpo
vivo y vibrante, sentimos inmediatamente que estamos en presencia
de “alguien”, sin tener en cuenta su posición social.
A pesar de lo que se no ha enseñado, la vida se vive realmente
en este nivel personal donde un cuerpo se relaciona con otro o con
su entorno natural. Todo lo demás es pura tramoya, y si confundimos
el teatro con el drama de la vida, estamos en realidad bajo el dominio
de la ilusión.
Una
meta ilusoria exige una manera de ser, aprobada, porque detrás
de esta meta está la necesidad de aceptación. La meta
se fija inicialmente durante la infancia, con el deseo de aceptación
de los padres, transferido más tarde a los demás.
(...)
la lucha por conseguir la perfección reduce la humanidad el
individuo y acaba siendo autodestructivo; sólo sirve para ver
la imperfección de otra persona.
(...)
la cantidad de energía y esfuerzo que se invierte en satisfacer
metas irreales es enorme. La depresión se puede contemplar
como un aviso que da la naturaleza para pedir que se detenga el insensato
gasto de energía y dar tiempo para recuperarse. Aunque una
depresión es patológica también es un fenómeno
recuperativo. El derrumbamiento es como la vuelta a un estado infantil,
y, con el tiempo, la mayoría de la gente se recupera espontáneamente.
La
recuperación, por desgracia, no es permanente. Tan pronto como
recobra la energía, la persona antes deprimida reanuda su esfuerzo
por satisfacer su sueño. Ese rebote desde la depresión
es a veces tan brusco e incontrolable que la persona sube tanto arriba
como abajo había estado antes. Estos bruscos estado de ánimo
que oscilan entre la depresión y la euforia e incluso la manía
presagian la inevitabilidad de una nueva reacción depresiva.
La euforia se debe a la exagerada presunción de que “esta
vez todo será distinto”, de la misma forma que un alcohólico
jura que no beberá ni una gota más. Mientras persista
una meta ilusoria en el inconsciente y dirija la conducta, la depresión
será inevitable.
Si
la depresión es tan común hoy en día, es por
la irrealidad en que trascurre buena parte de nuestras vidas, por
la energía que se dedica a la persecución de metas irreales.
Somos como espectadores en Bolsa, planeando beneficios de acciones
cuyos dividendos nunca llegamos a disfrutar. Esta inversión
en valores que están fuera de nosotros como seres humanos infla
artificialmente su valor real. Una caso mayor, un coche más
nuevo, etc., tienen cierta medida de valor positivo, ya que contribuyen
de alguna manera al placer de la vida. Pero si consideramos estas
cosas como una medida de nuestro valor personal, si esperamos que
al poseerlas llenará el vacío de nuestras vidas, estamos
montando el escenario para una inevitable deflación que de
seguro nos deprimirá, igual que se deprime el especulador cuando
la fiebre especuladora remite y el mercado quiebra.
Estamos
expuestos a deprimirnos cuando buscamos fuentes externas a nosotros
para realizarnos. Si pensamos que tener todos los adelantos materiales
que posee el vecino nos va a hacer más personas, a reconciliarnos
más con nosotros mismos y a ser más auto-expresivos,
nos veremos lamentablemente desilusionados. Y cuando llegue la desilusión,
nos deprimiremos. Puesto que esta actitud es hoy en día la
de muchas personas, supongo que veremos aumentar la incidencia de
la depresión y el suicidio.
(...
continuará...)
Fuente:
Lowen, Alexander. La depresión y el cuerpo. Alianza Editorial
(Psicología), 2001. (1ª edición española
1982)