Introducción
Es imposible expresar la verdad con palabras. El autor de este libro
no tiene la intención de sermonear, ya que, de hecho, desprecia
este método de la comunicación del conocimiento. En
las siguientes páginas, el autor ha intentado indicar, de la
manera más clara y sencilla posible, el sentido de nuestra
vida, así como la finalidad de las dificultades con las que
somos enfrentados y los medios con los que contamos para poder restablecer
nuestra salud. Y, en la práctica, desea indicarnos cómo
cada uno de nosotros se puede convertir en su propio médico.
Capítulo
1. Nada más sencillo que eso. La Historia de la Vida
Una pequeña niña ha decidido pintar a tiempo un cuadro
de una casa para el cumpleaños de su madre. En el espíritu
de la pequeña niña la casa ya está pintada. Ella
conoce hasta los más mínimos detalles de la casa, y
ahora debe transportar esa idea al papel.
Coge su caja de pinturas, el pincel y un trapo y, llena de entusiasmo
y felicidad, se pone al trabajo. Toda su atención y su interés
se concentran en su labor, nada puede desviarla de lo que está
realizando en ese momento. El cuadro está puntualmente listo
para el cumpleaños. La niña ha plasmado su idea de la
casa tan bien como ha podido. Es una obra de arte, ya que lo ha pintado
ella sola, cada pincelada era el fruto del amor que sentía
hacia su madre; cada ventana, cada puerta, fue pintada con la convicción
de que tenían que estar exactamente ahí. Aun cuando
pareciera un almiar, era la casa más completa que jamás
haya sido pintada. Ha sido un éxito, por que la pequeña
artista ha puesto todo su corazón y toda su alma, toda su vida,
en realizar esa pintura.
Eso es salud: éxito y felicidad, y un auténtico servicio
al prójimo, servir a nuestra manera a través del amor
en una completa libertad.
Venimos al mundo con el conocimiento del cuadro que debemos pintar
y hemos trazado ya el camino a través de nuestra vida. Todo
los que nos queda por hacer es darle forma. Recorremos nuestro camino
llenos de alegría e interés, y concentramos toda nuestra
atención en el perfeccionamiento de ese cuadro, poniendo en
práctica, lo mejor que podemos, nuestros pensamientos y objetivos
en la vida física del entorno que hemos elegido.
Si desde el principio hasta el final perseguimos nuestros ideales
con todas las fuerzas que poseemos, si aspiramos a que nuestros deseos
se hagan realidad, entonces no existe el fracaso sino más bien,
al contrario, nuestra vida se hace marcadamente exitosa, sana y afortunada.
La historia misma de la pequeña pintora pone en claro cómo
las dificultades de la vida influyen en ese éxito y en la salud,
pudiéndonos apartar del sentido de nuestra existencia si se
lo permitimos.
La niña pinta febril y felizmente en su cuadro cuando de repente
pasa alguien por su lado y opina: “¿Por qué no
pintas aquí una ventana y ahí una puerta? También,
el camino de entrada debería cruzar así el jardín.”
Esto tendrá como consecuencia el que la pequeña pierda
por completo el interés en su trabajo. Quizá siga pintando,
pero ahora está plasmando sobre el papel la idea de otra persona.
De alguna manera, le enfada, irrita, la hace infeliz y tiene miedo
de rechazar esas propuestas. Quizá comience a odiar el cuadro
y probablemente lo haga añicos. En realidad, la reacción
que tenga depende del tipo de personalidad del niño.
Cuando el cuadro esté listo, es probable que en él sea
fácilmente reconocible una casa, pero el cuadro es incompleto
y un fracaso, porque representa la interpretación del pensamiento
de otra persona y no la interpretación del niño. Como
regalo de cumpleaños ha perdido su valor, por que ya no podrá
ser terminado a tiempo, y la madre tendrá que esperar un año
más al regalo.
Ésta es la enfermedad: la reacción de la injerencia.
Es un fracaso e infelicidad transitoria que se establece en nuestras
vidas cuando permitimos que otros se inmiscuyan en el sentido de nuestra
existencia sembrando la duda, el miedo o la indiferencia.
Capítulo
2. La salud depende de que estemos en armonía con nuestra alma
Es de esencial importancia el que entendamos el verdadero significado
de salud y enfermedad. La salud es nuestra herencia, nuestro derecho.
Salud es la unidad completa del alma, cuerpo y espíritu, y
eso no es tan difícil de conseguir, ni tampoco es un ideal
que nos quede tan lejos sino, más bien, algo que puede ser
logrado sin mucho esfuerzo y de manera natural.
Todos los objetos terrenales no son otra cosa que la interpretación
de objetos espirituales. Incluso detrás del acontecimiento
más insignificante se esconde una finalidad divina. Cada uno
de nosotros tiene una misión divina en este mundo, y nuestras
almas utilizan nuestro espíritu y nuestro cuerpo como instrumentos
para poder llevar a cabo este objetivo, de tal manera que cuando estos
tres aspectos funcionan en mutua armonía, la consecuencia es
entonces la salud total y la felicidad absoluta.
Una tarea divina no significa una víctima. No quiere decir
que debamos retirarnos del mundo y apartar de nosotros la alegría
de la belleza y la naturaleza. Todo lo contrario, significa que disfrutamos
de todas estas cosas de manera todavía más amplia y
plena. Señala, también que el trabajo que amamos lo
hacemos con nuestro corazón y nuestra alma, indiferentemente
de que se trate del trabajo de la casa, de la agricultura, pintura
o escenificación, independientemente de que sirvamos a nuestros
semejantes en una tienda o en el hogar. Si amamos ese trabajo sobre
todo lo demás, sea lo que sea, entonces se trata del mandato
concreto de nuestra alma, del trabajo que debemos desempeñar
en este mundo, y es en este trabajo en el único que podremos
desarrollar nuestro verdadero yo y podremos poner en práctica
su mensaje de una manera material y habitual.
Por lo tanto, a través de nuestra salud y nuestra fortuna podemos
juzgar hasta qué punto interpretamos correctamente ese mensaje.
En las personas están presentes todas las cualidades espirituales
y nosotros venimos a este mundo para manifestar estas características
una tras otra, para perfeccionarlas y fortalecerlas, de manera que
ninguna experiencia ni dificultad puedan debilitarlas o llegue a apartarnos
del cumplimiento de ese sentido de la vida. Nosotros elegimos nuestra
ocupación terrenal y las condiciones de vida externa que nos
brindan la mejor oportunidad para probarnos. Venimos al mundo con
una completa consciencia de nuestra especial tarea. Nos sabemos nacidos
con el inimaginable privilegio de que todas nuestras luchas han sido
ganadas antes de que las hayamos comenzado, de que la victoria nos
es cierta antes de que se haya establecido la prueba, porque sabemos
que nosotros somos hijos de Dios y que, por lo tanto, somos divinos
e invencibles. Con esta revelación, la vida es una pura alegría.
Podemos considerar todas las duras y difíciles experiencias
de la vida como una aventura, ya que no debemos hacer otra cosa que
reconocer nuestro poder, defender sinceramente nuestra divinidad,
y entonces las dificultades se esfumarán como la niebla ante
los rayos del sol. De hecho, Dios da a sus hijos la soberanía
sobre todas las cosas.
Si sólo le prestamos atención a ellas, nuestras almas
nos conducirán en cada ocasión y en cada situación
difícil. Y cuando el espíritu y el cuerpo hayan sido
guiados, marcharán por la vida irradiando felicidad y salud,
tan libres de preocupaciones y responsabilidades como un pequeño
y confiado niño.
Capítulo
3. Nuestras almas son perfectas. Somos hijos de Dios, y todo lo que
nuestra alma nos obliga a hacer es por nuestro bien
Por esta razón, la salud es el reconocimiento más cierto
de lo que somos. Nosotros somos perfectos, somos los hijos de Dios.
No tenemos que aspirar a lo que ya hemos alcanzado. Estamos en este
mundo únicamente para manifestar la perfección en su
forma material con la que estamos bendecidos desde el comienzo de
los tiempos. Salud significa obedecer las órdenes de nuestra
alma, ser confiados como un niño pequeño, mantener el
intelecto a raya con sus argumentos lógicos (el árbol
de la sabiduría de lo bueno y de lo malo), con sus pros y sus
contras, con sus miedos preconcebidos. Salud significa ignorar lo
convencional, las imaginaciones banales, así como las órdenes
de otras personas con el fin de que podamos ir por la vida inalterados,
indemnes y libres para poder así servir a nuestros semejantes.
Podemos medir nuestra salud según nuestra felicidad, y nuestra
felicidad refleja la obediencia a nuestra alma. No es necesario ser
un monje o una monja, o aislarse del mundo. El mundo está ahí
precisamente para que lo disfrutemos y para que le sirvamos. Y sólo
sirviéndole motivados por el amor y la felicidad, podremos
ser útiles de verdad y dar lo mejor de nosotros. Cuando se
hace algo por obligación, quizás hasta con un sentimiento
de enojo o de impaciencia, el trabajo realizado no vale nada, siendo
el despilfarro de un tiempo muy valioso que podríamos dedicar
a uno de nuestros semejantes que realmente necesitase nuestra ayuda.
No es necesario analizar la verdad, ni justificarla o hablar demasiado
sobre ella. Se la reconoce a la velocidad de un rayo. La verdad es
parte de nuestro carácter. Solamente necesitamos una gran fuerza
de convicción para las cosas insustanciales y complicadas de
la vida que han conducido al desarrollo del intelecto. Las cosas que
cuentan son las cosas simples: son aquellas en cuyo caso decimos:
“¿Por qué? Es verdad. Parece que siempre lo he
sabido.” Y así ocurre con la percepción de la
felicidad que sentimos siempre que vivíamos en armonía
con nuestro yo espiritual. Cuanto más estrecha es la relación,
tanto mayor será la alegría. Piensen en lo radiante
de felicidad que se encuentra una novia en la mañana del día
de su boda, en el arrobamiento de una madre con su recién nacido
y en el éxtasis de un artista en la culminación de su
obra maestra. Ésos son los momentos en los que se extiende
la unidad espiritual.
Imagínense por un momento lo maravillosa que sería la
vida si todos pudiéramos vivir con esa alegría. Y eso
es posible si no perdemos la obra de nuestra vida.
Capítulo
4. Si seguimos nuestros propios instintos, nuestros deseos, nuestros
pensamientos, nuestras necesidades... entonces no deberíamos
conocer otra cosa más que alegría y salud
Escuchar la voz de nuestra alma no es ningún objetivo imposible.
Siempre que estemos dispuestos a reconocerlo, resultará muy
fácil. La sencillez es la palabra clave de toda creación.
Nuestra alma (suave y delicada voz, la propia voz de Dios), nos habla
a través de nuestra intuición, nuestros instintos, nuestros
deseos, ideales, nuestras preferencias y desafectos habituales. De
cualquier manera, es más fácil para nosotros si nosotros
mismos la oímos, ¿Cómo si no podría Él
hablar con nosotros? Nuestros verdaderos instintos, deseos, preferencias
o aversiones nos han sido otorgados para que podamos interpretar las
órdenes espirituales de nuestra alma con la ayuda de nuestra
limitada percepción física, ya que a muchos de nosotros
no nos es posible todavía vivir en una compenetración
directa con su yo espiritual. Estas órdenes deben ser acatadas
sin rechistar, porque únicamente el alma sabe qué experiencias
son necesarias para el desarrollo de nuestra personalidad individual.
Sea cual sea el mandamiento –se haga patente de forma trivial
o cautelosa, se manifieste como un deseo por una taza de té
o como la necesidad de la transformación total de nuestro estilo
de vida–, debe ser obedecido de manera complaciente. El alma
sabe que el estar satisfecho es el único camino para la sanación
de cualquier mal que en este mundo consideramos como pecado o error,
ya que mientras la globalidad se revela en contra de una cierta manera
de actuar, no se subsana el error, sino que seguirá existiendo
latentemente. Es mucho más fácil y rápido seguir
metiendo el dedo en la mermelada hasta que uno se ponga malo y ya
no le queden más ganas de probarla. Nuestras verdaderas necesidades,
los deseos de nuestro verdadero “yo”, no deben ser confundidos
con los deseos y las necesidades que tan a menudo nos meten otras
personas en la cabeza o con la conciencia, que, al fin y al cabo,
es lo mismo pero con otras palabras. No debemos hacer caso de cómo
el mundo interpreta nuestra manera de actuar. Sólo nuestra
alma es responsable de nuestro bienestar, nuestra buena reputación
está en Sus Manos. Debemos tener la certeza de que únicamente
existe un pecado: el pecado de no obedecer las órdenes de nuestra
propia divinidad. Esto es un pecado frente a Dios y a nuestros semejantes.
Estos deseos, inspiraciones y necesidades no son nunca egoístas,
nos afectan únicamente a nosotros, son siempre adecuados y
nos aportan salud mental y corporal.
La
enfermedad es la consecuencia de la resistencia de la personalidad
frente al liderazgo del alma que se manifiesta corporalmente. La enfermedad
se presenta cuando hacemos oídos sordos a la voz “suave
y delicada” y olvidamos la divinidad que hay en nosotros, o
cuando intentamos imponer a otros nuestros deseos o permitimos que
sus propuestas, ideas y órdenes nos influyan.
Cuanto más nos liberamos de influencias externas, de influencias
de otras personas, tanto más nuestra alma puede servirse de
nosotros para realizar la obra de Dios. Sólo cuando intentamos
dominar a los otros o ejercer un control sobre ellos nos convertimos
en egoístas: Pero el mundo pretende hacernos creer que es egoísta
aquel que sigue sus propios deseos. El motivo para ello es que el
mundo nos quiere esclavizar, ya que, en realidad, solamente podemos
servir al bienestar de la humanidad si realizamos nuestro verdadero
“yo” y conseguimos expresarlo sin limitaciones. Shakespeare
pronunció una gran verdad cuando dijo: “Si eres sincero
contigo mismo, entonces necesariamente se desprenderá de ello
que no puedes ser deshonesto frente a otras personas. Esto está
tan claro como que la noche sigue al día".
La abeja que elige una determinada flor para recoger miel es el instrumento
que servirá para diseminar el polen, que es imprescindible
para las jóvenes plantas de la futura vida.
Capítulo
5. Si permitimos que otros se inmiscuyan en nuestra vida, entonces
ya no podremos oír las órdenes de nuestra alma conduciéndonos
a la desarmonía y a la enfermedad. El momento en que el pensamiento
de otra persona irrumpe en nuestro espíritu nos desvía
de nuestro verdadero rumbo
Con nuestro nacimiento, Dios nos otorgó el privilegio de una
individualidad única. Nos confió una tarea especial
que sólo cada uno de nosotros podemos hacer. Él indicó
a cada persona el camino propio que debe seguir sin que haya nada
que le obstaculice. Por lo tanto, queremos estar pendientes para no
permitir ninguna intromisión por parte de otros y, lo que quizás
es aún más importante, que no nos inmiscuyamos bajo
ningún concepto en la vida de los otros. Ahí reside
la verdadera salud, el verdadero servicio al prójimo y la realización
del sentido de nuestra vida.
En la vida de todas las personas se producen intromisiones. Forman
parte del plan divino, y son necesarias para que podamos aprender
cómo resistirnos a ellas. De hecho, podemos considerarlas como
contrincantes verdaderamente útiles, cuya existencia está
únicamente justificada por la circunstancia de que nos ayuden
a hacernos más fuertes y a reconocer nuestra divinidad e invencibilidad.
También debemos saber que sólo cobran importancia e
impiden nuestro progreso si permitimos que nos influyan. El ritmo
de nuestro progreso depende únicamente de nosotros. Es nuestra
decisión si permitimos que nuestra tarea divina sea obstaculizada
o si aceptamos la manifestación de la intromisión (llamada
enfermedad), lo que provocaría nuestra limitación corporal
y nuestro sufrimiento. La alternativa es que nosotros, que somos los
hijos de Dios, nos sirvamos de esta intromisión para reafirmarnos
aún más en el sentido de nuestra vida.
Cuantos más obstáculos haya en el camino de nuestra
vida, tanto más seguros podremos estar del valor de nuestra
tarea. Florence Nightingale logró su objetivo a pesar de la
oposición de toda una nación. Galileo creía que
la Tierra era redonda, aunque todo el mundo creía lo contrario,
y el pequeño patito feo se convirtió en un cisne, aunque
toda su familia se había burlado de él.
No tenemos ningún derecho a inmiscuirnos, sea de la manera
que sea, en la vida de cualquier otro hijo de Dios. Únicamente
nosotros tenemos el poder y la sabiduría para culminar la tarea
adjudicada a cada uno de nosotros. Solamente cuando hacemos caso omiso
de este hecho e intentamos imponer nuestras tareas a otros o permitimos
que otros se inmiscuyan en nuestro trabajo, entonces irrumpe la desarmonía
y la tensión en nuestras vidas.
Esta desarmonía y enfermedad se manifiesta en nuestro cuerpo
y sirve únicamente para reflejar el funcionamiento de nuestra
alma, de la misma manera que una sonrisa ilumina nuestros rostros
o la ira los endurece. Esto mismo se puede aplicar a cosas mayores.
El cuerpo refleja los verdaderos motivos de la enfermedad, tales como
el miedo, indecisión, dudas, etc., a través del desorden
de sus sistemas y tejidos.
Por este motivo, la enfermedad es la consecuencia de distorsiones
e intromisiones al irrumpir en la vida de otro o permitir que otros
lo hagan en la nuestra.
Capítulo
6. Todo lo que tenemos que hacer es salvaguardar nuestra personalidad,
vivir nuestra propia vida, ser el capitán de nuestro propio
barco, y así todo saldrá bien
En nosotros existen importantes características, a través
de las que nos vamos perfeccionando poco a poco, concentrándonos
posiblemente en una o dos a la vez. Son aquellas características
que en la vida terrenal de todos los grandes maestros que ha habido
de tiempo en tiempo se han puesto de manifiesto para enseñarnos
y ayudarnos a reconocer lo sencillo que es superar todas nuestras
dificultades.
Éstas son las siguientes posibilidades:
Amor
Indulgencia Sabiduría
Simpatía Fuerza Perdón
Paz Comprensión Valor
Firmeza Tolerancia Alegría
Al perfeccionar en nosotros mismos estas cualidades, cada uno se hace
que el mundo se aproxime un poco más a su definitiva e inimaginablemente
gloriosa meta. Cuando reconocemos que no aspiramos a un beneficio
egoísta o a ventajas personales, sino a que cada individuo
–sea rico o pobre, sea de un elevado o bajo nivel social–
tenga la misma importancia dentro del proyecto divino y cuente con
los mismos poderosos privilegios para convertirse simplemente en el
salvador del mundo a través del conocimiento de que es una
criatura del Creador. Y al igual que existen esas cualidades, esos
pasos hacia la perfección, también se dan obstáculos
o impedimentos que tienen la finalidad de fortalecernos en nuestro
destino y en nuestra constancia.
Las
siguientes son las verdaderas causas de la enfermedad:
Inhibición
Indiferencia. Ignorancia
Miedo Debilidad Impaciencia
Intranquilidad Duda Temor
Indecisión Entusiasmo exagerado Aflicción
Si permitimos el libre acceso a todos esos impedimentos, éstos
se reflejarán en nuestro cuerpo, originando lo que llamamos
enfermedad. Al no entender las verdaderas causas de la enfermedad,
hemos atribuido esta desarmonía a influencias externas, a agentes
desencadenantes de enfermedades, al frío o al calor, y a los
resultados los hemos denominado artritis, cáncer, asma, etc.
Se suele creer que la enfermedad tiene su origen en el cuerpo.
Además, existen determinados grupos de individuos, cada uno
con su propia función, es decir, muestran en el mundo material
una determinada lección que han aprendido. Cada uno tiene en
ese grupo una personalidad determinada e individual una labor precisa
y una forma propia de llevarlo a cabo. Éstas son también
causas de las desarmonías, que se pueden poner de manifiesto
en forma de enfermedad si no permanecemos fieles a nuestra personalidad
individual y a nuestra labor.
La verdadera salud es felicidad, una felicidad que es muy fácil
de conseguir porque está origina da por pequeñas cosas,
como puede ser hacer aquello que hacemos con gusto como, por ejemplo
pasar nuestro tiempo con aquellas personas que realmente queremos.
En esas situaciones no existe tensión, ni esfuerzo, ni ambición
por lo inalcanzable. La salud está ahí para nosotros,
y podemos aceptarla en cualquier momento, a voluntad. Se trata de
averiguar la labor para la que somos aptos y dedicarnos por entero
a ella. Ay tantas personas que suprimen sus verdaderas necesidades
y se convierten en personas que se desarrollan en el sitio equivocado.
Como consecuencia de los deseos de su padre o de su madre, un hijo
se convierte en abogado, soldado u hombre de negocios, cuando lo que
en realidad quería ser era carpintero. O quizás el mundo
pierda a otra Florence Nightingale por la ambición de una madre
que quiere ver a su hija bien casada. Este sentido del deber es un
sentimiento falso y, por eso, no brinda ningún servicio al
mundo. Trae consigo desgracia, y probablemente se despilfarrará
gran parte de la vida antes de que se pueda subsanar este error.
Érase
una vez un maestro que dijo: “¿No sabéis que tengo
que obedecer la voluntad de mi padre?” Lo cual significaba que
debía obedecer su divinidad y no la voluntad de sus padres
terrenales.
Queremos encontrar y realizar aquella cosa de la vida que realmente
nos gusta. Deseamos convertir esa cosa en una parte tan importante
de nuestra vida para que se convierta en algo tan natural como nuestra
respiración, de la misma manera que para una abeja el recoger
miel forma parte de ella, o para un árbol el perder sus hojas
en otoño y volver a echar otras nuevas en primavera. Cuando
investigamos la naturaleza, comprobamos que cada animal, cada pájaro,
cada árbol y cada flor desempeña un papel determinado,
ocupa un sitio propio, determinado y particular a través del
cual enriquece el mundo aportando su granito de arena.
Cada gusano que cumple con su trabajo diario contribuye al riego y
la limpieza de la tierra. La tierra proporciona las sustancias alimenticias
para todas las plantas. Y por otro lado, la vegetación cuida
de los hombres y de cada ser vivo, haciendo crecer las plantas en
la secuencia adecua da para mantener el suelo fértil. Viven
para la belleza y su sentido, y su labor es tan natural para ellas
como la vida misma.
Y, cuando encontramos el trabajo para el que estamos hechos, si forma
parte de nosotros, su realización entonces resulta muy fácil
y hacerlo se convierte en una alegría. Nunca nos cansaremos
de hacerlo, es nuestro “hobby”. A través de ello
se ponen de manifiesto todos nuestros talentos y capacidades que están
a la espera de ser desvelados. Haciendo ese trabajo nos encontramos
como en casa y podemos sacar lo mejor del mismo si somos felices,
lo que significa obedecer las órdenes de nuestra alma.
A lo mejor ya hemos encontrado el trabajo idóneo. ¡Qué
vida más maravillosa! Algunos saben ya desde su niñez
cuál será su vocación, dedicándose durante
toda su vida a esta tarea. Otros, aun sabiendo desde niños
lo que quieren, cambian de opinión debido a otras propuestas
y a determinadas circunstancias de su vida, o bien son desilusionados
por otras personas. Sin embargo, todos nosotros podemos recuperar
nuestro ideal y, aun cuando no lo podamos reconocer inmediatamente,
podemos ponernos en camino para aspirar a él, ya que únicamente
el ponernos un objetivo nos aportará consuelo porque nuestras
almas tienen paciencia con nosotros. El verdadero deseo, el verdadero
motivo, es lo que cuenta, es el verdadero éxito, sea cual sea
el resultado.
Por tanto, siga las órdenes de su “yo” espiritual.
Capítulo
7. Una vez que hayamos reconocido nuestra divinidad, se hace todo
mucho más sencillo
Al comienzo, Dios dio al hombre el dominio sobre todas las cosas.
El hombre, la criatura del Creador, tiene un motivo tan profundo para
su desarmonía como la ráfaga del aire que entra por
una ventana abierta, “Nuestros errores no se fundamentan en
nuestras estrellas, sino en nosotros mismos”, y qué agradecidos
y llenos de esperanza estaremos cuando seamos capaces de reconocer
que la curación también se encuentra en nosotros mismos.
Cuando apartemos de nosotros la desarmonía, el miedo, el temor
o la indecisión, se restablecerá la armonía entre
el alma y el espíritu, y el cuerpo recuperará la perfección
en todas sus partes.
Independientemente de la enfermedad que padezcamos, sea cual sea el
resultado de esa desarmonía, podemos estar seguros de que la
sanación reside en el ámbito de nuestras posibilidades,
ya que nuestra alma nunca exige de nosotros más de lo que podemos
realizar sin esfuerzo.
Cada uno de nosotros es un sanador, porque cada uno experimenta en
su corazón amor por alguna cosa: por nuestros semejantes, por
los animales, la naturaleza o la belleza en alguna de sus manifestaciones.
Y cualquiera de nosotros quiere conservar ese amor y contribuir a
que sea cada vez mayor. Cada uno de nosotros también siente
compasión por aquellos que sufren. Esta compasión es
totalmente natural porque todos nosotros, en algún momento
de nuestra vida, hemos padecido. Por este motivo, no sólo nos
podemos sanar a nosotros mismos, sino que también tenemos el
privilegio de encontrarnos en situación de ayudar a sanar a
nuestros semejantes, siendo los únicos requisitos para todo
esto el amor y la compasión.
Nosotros, como hijos del Creador, llevamos la perfección en
nosotros mismos y venimos al mundo con el fin de reconocer nuestra
divinidad. Por esta razón, todos los exámenes y experiencias
de la vida no pueden hacer nada contra nosotros, ya que con la ayuda
de este poder divino todo es posible.
Capítulo
8. Las plantas medicinales son aquellas cuyo poder les ha sido otorgado
para ayudarnos a conservar nuestra personalidad
Así
como Dios Misericordioso nos ha proporcionado alimento, también
Él deja crecer entre las hierbas de las praderas plantas maravillosas
que nos deben sanar cuando estamos enfermos. Ellas están ahí,
para ofrecer al hombre una mano amiga cuando éste ha olvidado
su divinidad y permite que el miedo o el dolor impida su visión.
Éstas son las plantas medicinales:
Achicoria (Cichorium intybus).
Mímulo (Mimulus guttatus).
Agrimonia (Agrimonia eupatoria).
Scleranthus (Scleranthus annuus).
Clemátide (Clematis vitalba).
Centaura ( Centaurium umbellatum).
Genciana (Gentiana amarella).
Verbena (Verbena officinalis).
Ceratostigma (Cerastostigma willmottiana).
Impaciencia (Impatiens glandulifera).
Heliántemo (Helianthemun nummularium).
Violeta de agua (Hottonia palustris).
Cada planta medicinal se corresponde con una de las cualidades humanas,
y su finalidad consiste en fortalecer esa cualidad, de tal forma que
la personalidad pueda alzarse sobre los errores que representan a
la correspondiente piedra que se nos cruza en el camino.
En la siguiente tabla están representados las cualidades, los
errores y el remedio correspondiente que ayuda a la personalidad a
superar esos fallos.
ERROR
REMEDIO VIRTUD
Bloqueo emocional Achicoria Amor
Miedo Mímulo Compasión
Intranquilidad Agrimonia Paz
Indecisión Scleranthus Estabilidad
Indiferencia Clemátide Benevolencia
Debilidad Centaura Fuerza
Duda exagerada Genciana Entendimiento
Entusiasmo exagerado Verbena Tolerancia
Ignorancia Ceratostigma Sabiduría
Impaciencia Impaciencia Perdón
Temor Heliántemo Valor
Aflicción Violeta de agua Alegría
Los
remedios contienen una fuerza curativa concreta que no tiene nada
que ver con el creer a ciegas, ni su efecto depende de aquel que la
proporciona, al igual que un somnífero hace que el paciente
duerma, independientemente de que lo haya proporcionado el médico
o la enfermera.
Capítulo
9. La Verdadera naturaleza de la enfermedad
En la verdadera curación no tiene ningún significado
la naturaleza ni el nombre de la enfermedad física. La enfermedad
del cuerpo, en sí misma, no es otra cosa más que el
resultado de la desarmonía entre el alma y el espíritu.
Representa sólo un síntoma de la verdadera causa y,
dado que la misma causa se manifiesta de manera diferente casi en
cada uno de nosotros, debemos intentar apartar la causa, desapareciendo
automáticamente las consecuencias, cualesquiera que éstas
fueran.
Esto lo podemos entender todavía mejor de manos del suicidio.
El suicidio no ocurre por sí mismo. Algunas personas se cuelgan
desde una gran altura; otros toman veneno, pero detrás de cualquier
manifestación del suicidio se esconde la desesperación.
Si podemos ayudar a esas personas que piensan en el suicidio a superar
su desesperación y a que encuentren alguien o algo por lo que
vivir, entonces están curadas para largo plazo. Si lo único
que hacemos es retirarles el veneno, entonces únicamente los
habremos salvado temporalmente. Más tarde intentarán,
de nuevo y en cualquier momento, suicidarse. También el miedo
tiene diferentes efectos según las personas. Algunas se quedan
blancas, otras se ponen rojas, algunas se vuelven histéricas
y, de nuevo, otras se enmudecen. Si logramos explicarles lo que es
el miedo y les mostramos que son suficientemente fuertes para poder
superar y enfrentarse a todo, entonces no habrá nada que pueda
asustarlas. El niño no volverá a tener miedo de esa
sombra en la pared cuando se le dé una vela y se le muestre
cómo se originan esas sombras que bailan en la pared.
Durante demasiado tiempo hemos culpado a los agentes patógenos,
resistentes a la alimentación y los hemos considerado como
las causas de las enfermedades. Pero algunos de nosotros somos inmunes
a epidemias de gripe, otras aman ese frescor que trae el viento frío,
y otros muchos pueden comer queso y tomarse por la noche un café
solo sin ponerse enfermos.
Nada en la naturaleza nos puede dañar si somos felices y armónicos,
ya que precisamente para todo lo contrario está ahí
la Naturaleza: para nuestro beneficio y disfrute. Sólo cuando
permitimos que la duda y la depresión, la indecisión
o el miedo crezca en nosotros, somos susceptibles ante las influencias
externas. Por lo tanto, la verdadera causa que se esconde tras la
enfermedad es el estado del paciente y no su constitución física.
Cada enfermedad, sea todo lo grave que se quiera, puede ser curada
siempre que se recupere la felicidad del paciente y éste desarrolle
el deseo de retomar la obra de su vida. Con frecuencia se necesita
para ello una transformación mínima en su estilo de
vida, cualquier idea fija insignificante que le hace intolerante frente
a los demás, cualquier responsabilidad falsa que le esclaviza
cuando podría hacer algo bueno. Existen siete maravillosos
estadios en la curación de la enfermedad y son los siguientes:
Paz.
Esperanza. Alegría. Confianza. Certeza. Sabiduría. Amor.
Capítulo
10. Para que nosotros mismos seamos libres, debemos dar libertad a
los demás
La meta última de la humanidad es la perfección, y para
alcanzar ese estado el hombre debe aprender a caminar ileso por entre
las diferentes experiencias de la vida. Debe enfrentarse a todos los
obstáculos y tentaciones sin permitir ser apartado de su camino.
Si lo consigue, se verá libre de todas las dificultades, injusticias
y padecimientos de la vida. Esa persona ha almacenado en su alma el
amor perfecto, la sabiduría, el valor, la tolerancia y la comprensión
que son el resultado de saber y ver todo, ya que el maestro perfecto
es aquel que ha vivido todas las experiencias.
Nosotros podemos hacer de ese viaje por la vida una breve y satisfactoria
experiencia cuando re conocemos que la libertad de servidumbre sólo
se consigue si damos libertad a los demás. Seremos libres cuando
demos libertad a los demás, ya que sólo podemos aprender
a través de nuestro buen ejemplo, es decir, dando libertad
a todas aquellas personas que tienen que ver con nosotros. Cuando
demos libertad a cada ser vivo y a todos los que están a nuestro
alrededor, entonces seremos nosotros libres. Si comprobamos que no
intentamos controlar o manejar la vida del otro hasta en el más
mínimo detalle, entonces nos daremos cuenta de que la intromisión
ha desaparecido de nuestras vidas, porque son precisamente aquellas
personas a las que tenemos maniatadas las que nos esclavizan. Érase
una vez un hombre que estaba tan aferrado a sus propiedades que no
pudo aceptar un regalo de Dios.
Nos podemos liberar fácilmente del dominio de los otros concediéndoles,
primero, una libertad total y, segundo, negándonos suavemente
a permitir ser dominados por ellos. Lord Nelson fue muy sabio cuando
en una ocasión miró a través del telescopio con
su ojo ciego. Sin obligación, sin oposición, sin odio
y sin enemistad. Nuestros contrincantes son nuestros amigos, hacen
que el juego merezca la pena, y al final del mismo todos deberíamos
darnos la mano.
No sería lógico esperar que los otros hagan lo que queremos.
Sus ideas son correctas, y aunque sus caminos discurran en una dirección
diferente al nuestro, nuestra meta es la misma al final del camino.
Comprobamos que no hacemos justicia a nuestros deseos si forzamos
a los otros a que tengan los mismos.
Nos podemos comparar con una revista que es distribuida en los diferentes
países del mundo: se dirigen a Asia, otras a Canadá,
algunas otras a Australia y luego regresan al mismo puerto. ¿Por
qué seguir entonces al barco que va al Canadá si queremos
dirigirnos a Australia? Eso representa únicamente un retraso
innecesario.
Aquí puede suceder de nuevo que no reconozcamos la pequeñez
que nos tiene presos. Las cosas que nosotros queremos capturar son
aquellas que nos capturan a nosotros. Eso puede ser una casa, un jardín,
un mueble, etc. Incluso ellos tienen su derecho a la libertad. Las
posesiones terrenales son finalmente perecederas, despiertan el miedo
y la preocupación, porque nosotros en nuestro interior somos
conscientes de su inevitable pérdida final. Estas cosas están
ahí para que las disfrutemos, admiremos y las agotemos totalmente,
pero no para que consigan un significado tan grande como para convertirse
en cadenas.
Si damos libertad a todos y a todo lo que nos rodea, comprobaremos
que seremos mucho más ricos en amor y propiedades que nunca
anteriormente, ya que el amor que da libertad es el gran amor que
une todavía más.
Capítulo
11. Sanación
Desde tiempos inmemoriales, la Humanidad ha reconocido que nuestro
Creador, en su amor, ha hecho crecer hierbas en las praderas que nos
permiten sanar, así como cereales y frutas para nuestro alimento.
Los astrólogos que han investigado las estrellas, y los homeópatas
que han estudiado las plantas han buscado desde siempre el remedio
que nos ayude a mantener nuestra salud y nuestra alegría de
vivir.
Para encontrar el remedio que nos pueda ayudar, debemos encontrar
primero la meta de nuestra vida, el objetivo al que aspiramos, y entender
las dificultades de nuestra vida. A estas dificultades las denominamos
errores o debilidades, pero no queremos dejarnos intranquilizar por
ellas, ya que no son otra cosa más que la prueba de que estamos
realizando grandes cosas. Nuestros errores deberían ser nuestros
estimulantes, porque eso significa que tenemos grandes objetivos.
Debemos adivinar qué batallas podemos soportar y a qué
enemigo intentamos vencer especialmente, entonces podemos recoger
agradecidamente la planta que es apropiada para ayudarnos a vencer.
Deberíamos aceptar esas plantas de la naturaleza como una riqueza
medicinal, como el regalo divino de nuestro Creador para ayudarnos
con nuestras dificultades.
Durante la verdadera curación no desaparece ningún pensamiento
de la enfermedad. Lo que se tiene en consideración es el estado
espiritual, sólo el problema espiritual. Lo que importa es
dónde no nos hallamos en armonía con el plan divino.
Esta desarmonía con nuestro yo espiritual puede provocar cientos
de diferentes debilidades en nuestro cuerpo, ya que, al fin y al cabo,
nuestro cuerpo lo que hace es reproducir el estado de nuestro espíritu,
pero ¿qué papel juega? Si volvemos a poner en orden
nuestro espíritu , entonces el cuerpo también sanará
rápidamente. Resulta tal y como Cristo nos enseñó:
“¿Qué es más fácil de decir que
tus pecados te son perdonados, o levántate y anda?” Por
eso queremos volver a dejar claro que nuestra enfermedad corporal
no juega ningún papel. Es el estado de nuestro espíritu,
y sólo eso, lo que importa. Ignoran do completamente la enfermedad
que padecemos, debemos por ello sólo tener en cuenta a cuál
de los siguientes tipos de personalidad pertenecemos.
Si se tuvieran dudas a la hora de elegir el remedio apropiado para
cada uno, nos ayudaría si nos preguntásemos qué
virtudes admiramos más en los otros o que defectos de las otras
personas nos causan un rechazo más enérgico, ya que
esos defectos que precisamente queremos eliminar en nosotros son los
que más odiamos en las otras personas. De esta manera nos vemos
incitados a eliminarlos en nosotros mismos.
Todos
nosotros somos sanadores y, con nuestro amor y compasión, estamos
en circunstancias para ayudar a aquellas personas que realmente quieren
sanar. Busque el conflicto espiritual del paciente que se esconde
tras la enfermedad, déle el remedio que le ayudará a
superar ese defecto y todas las esperanzas y estímulos que
le pueda entregar, y la fuerza curativa en él hará el
resto.
Capítulo
12. Los remedios
(...)
Todos nosotros podemos hacernos con el valor necesario y conservar
un corazón valiente ya que Dios nos ha puesto en este mundo
para un objetivo aún mayor.
Él
quiere que sepamos que somos sus hijos y que reconozcamos nuestra
propia divinidad. Él desea que seamos perfectos, sanos y felices.
Él pretende que sepamos que, a través de su amor, podemos
conseguir todo, y nos recuerda que cuando lo olvidamos, entonces padecemos
y pasamos a ser infelices. Él quiere que la vida de cada uno
de nosotros esté llena de alegría, salud y un completo
amor y servicio al prójimo, tal y como Cristo nos enseño:
“Mi yugo y mi carga son ligeros”.
Estos remedios pueden ser elaborados por productores homeopáticos.
También uno mismo los puede elaborar siguiendo los pasos que
se describen a continuación:
- Coja una fuente de cristal no muy honda y llénela con agua
de río o, preferentemente, de una fuente. Introduzca suficientes
flores de la planta deseada, de manera que la superficie esté
cubierta. Deje la fuente bajo el sol el tiempo necesario hasta que
las flores comiencen a marchitarse. Saque cuidadosamente las flores
y reparta el agua en botellas, mezclándola con la misma cantidad
de coñac para su conservación.
- Una sola gota es suficiente para preparar 0,2 litros (200 ml), con
agua (dilución en agua de la solución stock o madre
de arriba), de la que se tomarán las dosis necesarias utilizando
como medida una cucharilla.
- La dosis debería ser medida en la forma que el paciente considere
necesaria; para casos agudos tomar cada hora; en casos crónicos,
tres o cuatro veces al día, hasta que se perciba una mejora
y el paciente pueda prescindir del remedio.
- Y no olvidemos que siempre debemos agradecer a Dios que haya hecho
crecer todas esas plantas medicinales para nuestra curación.
Fuente: Bach,
Edward. LOS REMEDIOS FLORALES. ESCRITOS Y CONFERENCIAS. Ed. Edaf.
1993