También traducida por “Uds.
provocan su propio sufrimiento” o “Sufrís
de vosotros mismos”, el Dr. Bach dio esta conferencia
a un auditorio de médicos homeópatas. En ella el
Dr. Bach señala los fundamentos filosóficos en que
se basa su método de curación, señalando
las diferencias con la homeopatía y los motivos por los
cuales la terapia floral aparece como una propuesta superadora.
Titulo original “You Suffer From Yourselves.
Para
mí no resulta fácil dar este discurso delante de vosotros.
Sois una sociedad de médicos, y yo os hablo también
como médico. Pero la medicina de la que hoy quiero hablar aquí
está tan lejos del parecer ortodoxo de hoy en día, que
hace que este discurso apenas tenga nada que ver con la práctica
actual, con la clínica privada o con la planta de un hospital
tal y como actualmente las conocemos.
Si
ustedes, como seguidores de Hahnemann, no se hubieran adelantado mucho
a la medicina ortodoxa de los últimos 200 años de aquellos
que todavía predican las enseñanzas de Galeno, tendría
un miedo rotundo a hablar sobre este tema.
Pero
las enseñanzas de su gran maestro y de sus seguidores han arrojado
tanta luz sobre la naturaleza de la enfermedad, allanando el camino
hacia la curación correcta, de tal manera que estoy seguro
de que ustedes están preparados para avanzar conmigo un tramo
de ese camino y saber aún más de la magnificencia de
la salud total y de la verdadera naturaleza de la enfermedad y curación.
La
inspiración de Hahnemann hizo que la humanidad pudiera ver
la luz en la oscuridad del materialismo cuando el hombre había
llegado ya tan lejos que consideraba a la enfermedad como un problema
puramente material que únicamente debía ser solucionado
y curado con medios materiales.
Al
igual que Paracelso, él sabía que la enfermedad no podría
existir si nuestro espíritu y nuestra inteligencia estuvieran
en armonía. Fue por esto por lo que se puso en busca de remedios
que pudieran sanar nuestro espíritu, trayéndonos así
paz y salud.
Hahnemann
realizó un gran progreso y nos hizo avanzar un gran tramo de
nuestro camino. Pero, para su trabajo, disponía únicamente
del tiempo que puede dar de sí una vida y, por eso, ahora nos
toca a nosotros retomar sus investigaciones en el punto en el que
las dejó. Tenemos que continuar su trabajo sobre la curación
absoluta, cuyos fundamentos ya había creado y cuya obra había
comenzado de forma tan digna.
El
homeópata ya ha dejado de lado una gran parte de los aspectos
innecesarios y de poca importancia de la medicina ortodoxa, pero aún
tiene que avanzar más. Sé que ustedes quieren mirar
hacia delante, ya que ni el saber del pasado ni el del presente son
suficientes para aquel que busca la verdad.
Paracelso
y Hahnemann nos enseñan a no prestar excesiva atención
a los detalles de la enfermedad, sino a tratar a la personalidad,
al hombre que lleva dentro, en el convencimiento de que la enfermedad
desaparece cuando nuestro ser espiritual y mental se encuentran en
armonía. Este grandioso fundamento es la enseñanza fundamental
que debe ser continuada.
Lo
siguiente que percibió Hahnemann fue cómo producir esa
armonía, y pudo comprobar que la forma de actuar de las drogas
y remedios de la antigua escuela, así como los elementos y
plantas que él escogía, podía invertirse a través
de una potenciación, de tal manera que la misma sustancia que
ocasionaba envenenamientos y síntomas de enfermedad podía
sanar esos males si era utilizada en una cantidad minúscula
y preparada según un método especial.
De ahí formuló el principio: Igual con igual se cura.
Además, esto es un principio fundamental de la vida que él
nos ha cedido para que continuemos con la construcción del
templo cuyos planes le habían sido revelados.
Si proseguimos la consecución de estos pensamientos, la primera
y significativa conclusión a la que llegamos es la verdad sobre
el hecho de que la enfermedad misma es eso que igual con igual se
cura, ya que la enfermedad no es otra cosa que la consecuencia de
una forma de actuar errónea. La enfermedad es el resultado
natural de la desarmonía entre nuestro cuerpo y nuestra alma;
es ese ,igual con igual se cura, porque es la enfermedad misma la
que detiene e impide que nuestro comportamiento erróneo llegue
demasiado lejos. Al mismo tiempo, la enfermedad es una lección
que nos enseña a corregir nuestro camino y a armonizar nuestra
vida con la órdenes de nuestra alma.
La enfermedad es la consecuencia de una manera equivocada de pensar
y de un comportamiento erróneo, y desaparecerá cuando
esa forma de actuar y esos pensamientos sean puestos de nuevo en orden.
Cuando está aprendida la lección del dolor, del padecimiento
y del pesar, entonces la existencia de la enfermedad carece de sentido
y desaparece automáticamente.
Eso es lo que Hahnemann quería decir con su frase igual con
igual se cura.
Recorramos
juntos todavía un trozo más del camino
Una nueva y maravillosa perspectiva se abre frente a nosotros, y vemos
que la curación verdadera se puede alcanzar, pero no apartando
lo equivocado a través de lo equivocado, sino sustituyendo
lo equivocado por lo correcto. Lo bueno sustituye a lo malo la luz
a la oscuridad.
Aquí se llega a comprender que ya no podemos seguir por más
tiempo combatiendo la enfermedad con la enfermedad. Ya no podemos
hacer frente a la enfermedad con los productos de la enfermedad. Ya
no intentamos apartar las enfermedades con sustancias que las pueden
ocasionar. Todo lo contrario, resaltamos la virtud opuesta que subsanará
el error.
La farmacopea del futuro inminente deberían contemplar únicamente
aquellos remedios que tienen el poder de sacar lo bueno, mientras
que deberían ser eliminados todos aquellos remedios cuya única
cualidad es la de oponerse a lo malo.
Es cierto que el odio puede ser vencido por un odio aún mayor,
pero sólo podrá ser sanado por el amor. La crueldad
puede ser evitada a través de una crueldad aún mayor,
pero sólo podrá ser apartada si se desarrolla la compasión.
En presencia de un miedo aún mayor, se puede perder y olvidar
e propio miedo, pero la verdadera curación del miedo es el
valor total.
Y por este motivo, todos nosotros, los que pertenecemos a esta escuela
de medicina, debemos concentrar nuestra atención sobre esos
remedios maravillosos que Dios ha puesto en la naturaleza para que
los utilicemos en nuestra curación, y entre los cuales se encuentran
las beneficiosas y sobresalientes plantas medicinales.
Claramente, en esencia es erróneo cuando se dice que igual
con igual se cura. Aunque la idea de la verdad que tenía Hahnemann
era correcta, sin embargo, la expresó de manera incompleta.
Lo igual puede fortalecer a lo igual; lo igual puede apartar a lo
igual, pero en el verdadero sentido de a curación, lo igual
no puede sanar a lo igual.
Cuando se escuchan las enseñanzas de Krishna, Buda o de Cristo,
encontramos que ellas encierran perennemente el principio de que lo
bueno vence a lo malo. Cristo nos enseñó a hacer frente
a lo malvado, a amar a nuestros enemigos y a perdonar a aquellos que
nos persiguen. Ahí no aparece ninguna curación en el
sentido de que lo igual sana a lo igual. Por eso, en la verdadera
sanación, así como en el desarrollo espiritual, siempre
debemos aspirar a alcanzar lo bueno para expulsar lo malo; a lograr
el amor para vencer al odio; a crear la luz para acabar con la oscuridad.
Es por este motivo por el que debemos evitar cualquier sustancia nociva,
cualquier producto perjudicial, y usar, por el contrario, todo aquello
que haga bien y sea beneficioso.
Sin ningún género de dudas, Hahnemann, se esforzó
por transformar, a través de su método de la potenciación,
lo erróneo en correcto, lo venenoso en virtud, pero resulta
mucha más fácil emplear directamente los remedios que
benefician y que hacen el bien.
La sanación está por encima de todas las cosas materiales
y de cualquier ley. Es de origen divino y, por eso, no puede estar
sujeta a cualesquiera de nuestros convencionalismos o a los patrones
normales. Por consiguiente debemos elevar nuestros ideales, nuestros
pensamientos y objetivos a maravillosas y sublimes dimensiones que
nos han sido mostradas y enseñadas por los grandes maestros.
¿No piensan por un momento que todo esto nos aparta de la obra
de Hahnemann? Todo lo contrario, él indicó las grandes
leyes fundamentales, las bases, pero él tuvo sólo una
vida, y si hubiera continuado con su obra habría llegado, sin
lugar a dudas, a los mismos resultados. Nosotros continuamos ahora
con su obra y se la cederemos al siguiente estadio natural de desarrollo.
Ahora queremos reflexionar sobre el hecho de por qué la medicina
debe modificarse de manera inevitable. La ciencia de los anteriores
200 años ha considerado siempre a la enfermedad como un factor
material que puede ser apartado a través de medios naturales.
Por supuesto, todo esto es rotundamente falso.
La enfermedad del cuerpo, tal y como nosotros la conocemos, es un
resultado, un producto final, un estadio final de algo mucho más
profundo. El origen de la enfermedad no se encuentra a nivel físico,
sino, más bien, a nivel espiritual. La enfermedad es, en un
100%, el resultado de un conflicto entre nuestro yo espiritual y nuestro
yo perecedero. Siempre que estos dos se encuentren en mutua armonía,
nos encontramos totalmente sanos. Ahora bien, cuando ya no existe
esa compenetración, tiene entonces como consecuencia lo que
conocemos como enfermedad.
La enfermedad es únicamente un correctivo. No es ni un castigo
ni una crueldad, pero es el medio que emplea nuestra alma para indicarnos
nuestros errores, impedir que cometamos fallos aún mayores
y para evitar que se produzcan otros males, conduciéndonos
de vuelta al camino de la verdad y de la luz, del que nunca deberíamos
habernos apartado.
En realidad, la enfermedad está al servicio de nuestro bienestar
y hacer el bien, aunque deberíamos evitarla con que sólo
tuviéramos el entendimiento correcto junto con el deseo de
hacer lo que se considera correcto.
Cualesquiera de los errores que siempre cometemos se muestran en nosotros
mismos y ocasionan –según la naturaleza del error–
desgracia, ausencia de bienestar o padecimiento. El objetivo reside
en hacernos conscientes del efecto perjudicial de una actitud equivocada
o de una forma errónea de pensar. Al producirse en nuestro
caso resultados semejantes, se nos muestra cómo podemos causar
aflicción a otras personas, infringiendo de esta manera la
grandiosa y divina ley del amor y de la unidad.
Para la comprensión del médico, la enfermedad misma
indica el tipo de conflicto. Quizá se pueda ver todo esto más
claro al ilustrarlo con ejemplos, para acercarles a la idea de que
da igual la enfermedad que se padezca, el caso es que ésta
aparece porque no reina el equilibrio entre la persona y la divinidad
existente en esa persona.
El dolor es la consecuencia de la crueldad, que ocasiona dolor en
los otros, ya sea espiritual o corporal. Pero podrán estar
seguros de que descubrirán en su propia persona una ruda forma
de proceder o un pensamiento cruel cuando se analicen a sí
mismos en los momentos en que padezcan dolor. Aparten de ustedes estas
tendencias crueles y desaparecerá el dolor.
Cuando alguna de sus articulaciones o algunos de sus miembros se encuentre
agarrotado, podrán estar seguros de que esa misma rigidez está
presente en sus espíritus, de que se encuentran aferrados a
cualquier idea, principio o convencionalismo con el que deben romper.
Si padece asma o tienen alguna dificultad a la hora de respirar, de
alguna manera le están robando el aire a otra persona. Si sienten
que se ahogan, es porque no tienen el valor suficiente para hacer
lo correcto. Cuando se sienten débiles, entonces es porque
están permitiendo que alguien impida a su fuerza vital penetrar
en sus cuerpos. Incluso la parte del cuerpo afectada hace referencia
a la naturaleza del error: la mano significa una forma errónea
de actuar; el pie, que se comete un error al ayudar a los otros; el
cerebro indica una falta de control; el corazón hace referencia
a una carencia, exceso o a un comportamiento falso en el amor; el
ojo muestra una falsa percepción y señala el hecho de
que no se quiere ver la verdad cuando uno tiene que enfrentarse a
ella. Igualmente, se puede profundizar en el motivo y la naturaleza
de una enfermedad como una lección que el paciente debe aprender
y su necesaria corrección.
Permítame echar una breve ojeada al hospital del futuro.
Será un oasis de paz, de esperanza y de alegría. No
habrá lugar para las prisas y el ruido. No existirá
ninguno de esos terribles aparatos y máquinas que hoy en día
se utilizan. No se olerá a productos desinfectantes ni a anestesias.
No aparecerá nada que recuerde a la enfermedad y al padecimiento.
Los pacientes no serán continuamente molestados para tomarles
la temperatura. No existirán reconocimientos diarios con estetoscopios
y otros aparatos de exploración para grabar en el ánimo
del paciente la naturaleza de su enfermedad. No habrá lugar
para esas continuas tomas de tensión para transmitir al paciente
la sensación de que su corazón palpita demasiado rápido.
No aparecerán ninguna de estas cosas, porque todo ello dificultad
la atmósfera de paz y tranquilidad que tan necesaria es al
paciente para facilitar su pronta recuperación. Tampoco habrá
ya necesidad de laboratorios, porque el análisis microscópico
de los detalles, no tendrá ninguna importancia cuando se haya
comprendido que es el paciente el que debe ser tratado y no la enfermedad.
El objetivo de todas esas instituciones será el producir una
atmósfera de paz, de esperanza, de alegría y de confianza.
Todo lo que se haga será para que el paciente sea estimulado,
a olvidar su enfermedad y a que aspire a su recuperación, corrigiendo
al mismo tiempo cada uno de los fallos existentes en su naturaleza,
y para que entienda la lección que debe de aprender.
Todo será maravilloso y hermoso en el hospital del futuro,
de tal forma que el paciente busque la manera de salir de ese lugar
no sólo para liberarse de su enfermedad, sino también
para desarrollar el deseo de llevar una vida en la que exista una
mayor armonía con las órdenes de su alma de lo que ha
existido hasta ahora.
El hospital se convertirá en la madre de los enfermos. El hospital
los tomará en sus brazos, los tranquilizará y consolará,
proporcionándoles al mismo tiempo esperanza, confianza y valor
para superar sus dificultades.
El médico del mañana reconocerá que él,
por sí mismo, no posee ningún poder para sanar al otro,
sino que le fueron dados los conocimientos de cómo guiar a
sus pacientes y lograr que la fuerza curativa sea canalizada a través
de él para, de esta manera, liberar a los enfermos de sus padecimientos.
Todo esto lo recibe el médico cuando dedica su vida al servicio
de sus semejantes, al estudio de la naturaleza humana, de tal forma
que pueda comprender parcialmente el sentido de esta naturaleza, y
tiene un deseo de todo corazón de liberar a los hombres de
sus padecimientos y de dar todo por ayudar a los enfermos. Entonces,
su poder y capacidad de ayudar crecerá de forma directamente
proporcional según la intensidad de su deseo y de su disponibilidad
a servir. El médico comprenderá que la salud, al igual
que la vida, depende única y exclusivamente de Dios, y sólo
de él. Comprenderá también que los remedios que
emplea sólo son remedios dentro del plan divino que contribuyen
a conducir al afectado de nuevo hacia el camino de la ley divina.
El médico del mañana no tendrá interés
en la patología o en la anatomía patológica,
ya que él investiga la salud. Para él no juega ningún
papel el hecho de que, por ejemplo, la disnea sea producida o no por
el bacilo de la tuberculosis, por el estreptococo o por cualquier
otro microorganismo. Pero, por el contrario, será marcadamente
importante para él el saber por qué el paciente al respirar
tiene que padecer semejantes dificultades. Es insignificante el saber
que parte del corazón es la que está dañada y,
por contra, es tremendamente importante descubrir de qué manera
el paciente ha desarrollado de manera equivocada su amor. Los rayos
X ya no serán utilizados para examinar una articulación
artrítica, sino que más bien se investigará la
personalidad de paciente para descubrir dónde se encuentra
el agarrotamiento en su alma.
Los diagnósticos de las enfermedades ya no serán dependientes
de los síntomas y muestras corporales, sino de la capacidad
del paciente de corregir sus errores y de poder volver a estar en
armonía con su vida espiritual.
La formación del médico, englobará un profundo
estudio de la naturaleza humana que conducirá a una gran percepción
de lo puro y perfecto, a la comprensión del estado divino del
ser humano, así como al conocimiento de cómo se puede
ayudar a aquellos que padecen, de manera que su relación con
su yo espiritual vuelva a ser armónica y en su personalidad
se restablezca de nuevo la salud y la concordia.
El médico del futuro estará en condiciones de poder
averiguar el conflicto existente en la vida del paciente que ha ocasionado
la enfermedad o desarmonía entre el cuerpo y el alma. Esto
le permitirá darle al paciente el consejo que para él
es el adecuado y tratarlo.
El médico también tendrá que estudiar la naturaleza
y sus leyes, estará familiarizado con las fuerzas curativas
de la naturaleza de tal forma que pueda utilizar estos conocimientos
para el beneficio del paciente.
El tratamiento del mañana despertará, en esencia, cuatro
cualidades en el paciente:
1. Paz.
2. Esperanza
3. Alegría
4. Confianza
Todo el ambiente que le rodee, así como la atención,
así como la atención que se le preste al paciente, estarán
al servicio de ese objetivo. Al englobar al paciente en una atmósfera
de salud y de luz, se apoyará su recuperación. Al mismo
tiempo, los errores del paciente han sido diagnosticados, se ha conseguido
que él los vea claros y ahora obtiene apoyo y ánimo
para poder superarlos.
Además, le serán suministrados los remedios maravillosos
que han sido bendecidos por Dios con fuerzas curativas para abrir
en él los canales que captan la luz del alma, de manera que
la fuerza curativa penetre e invada al paciente.
La manera de actuar de estos remedios consiste en elevar nuestras
vibraciones y en abrir nuestros canales para que nuestro yo espiritual
pueda sentir, en invadir nuestra naturaleza con la virtudes que necesitamos
y en subsanar los errores que en nosotros ocasionan daños.
Estos remedios son capaces, al igual que una música maravillosa
o que todas esas magníficas cosas que nos inspiran, de elevar
nuestra naturaleza y de acercarnos a nuestra alma, y, precisamente
a través de esta forma de actuar, nos traen consigo paz y nos
liberan de nuestros padecimientos.
No sanan atacando la enfermedad, sino invadiendo nuestro cuerpo con
las maravillosas corrientes de nuestra naturaleza ya más elevada,
en cuya presencia cada enfermedad se funde como la nieve bajo los
rayos del sol.
Finalmente, estos remedios cambian la actitud del paciente frente
a la salud y la enfermedad.
Se debe acabar para siempre con el pensamiento de que se puede comprar
el alivio de una enfermedad con oro o plata. La salud tiene, como
la vida, un origen divino, y sólo puede ser alcanzada a través
del empleo de medios divinos. Dinero, lujo o viajes pueden hacer que,
de puertas para afuera, parezca que podemos comprar una mejora de
nuestro estado corporal, pero todas estas cosas nunca nos podrán
proporcionar la verdadera salud.
El paciente del mañana entenderá que él, y solamente
él, podrá liberarse de su padecimiento, aunque pueda
recibir consejo y ayuda por parte de otras personas cualificadas que
le apoyan en su esfuerzo. La salud, por tanto, existe cuando podemos
hablar de armonía entre el alma, el espíritu y el cuerpo.
Esta armonía es condición indispensable antes de que
se pueda producir la curación.
En el futuro, uno ya no se sentirá jamás orgulloso de
estar enfermo. ¡Todo lo contrario! La gente se avergonzará
tanto de su enfermedad como se deberían avergonzar de un asesinato.
Ahora, quisiera aclararles cuáles son los dos estados del espíritu
que, en nuestro país, provocan más enfermedades que
cualquier otra causa. Estos son los grandes errores de nuestra civilización:
la codicia y la falsa idolatría.
La enfermedad nos ha sido otorgada a modo de correctivo. Ella es la
consecuencia de nuestra manera errónea de proceder y de pensar.
Sí, no obstante, podemos corregir nuestros errores y vivir
en armonía con el plan divino, entonces la enfermedad nunca
más nos buscará.
En nuestra civilización, la codicia eclipsa todo. Tenemos ansias
de bienestar, de posición social, de una elevada situación
profesional, de honra mundial, de bienestar y popularidad. No obstante,
esta ambición es inofensiva en comparación con otro
tipo de apetencias.
Lo peor de todo es la ambición de poseer a otra persona. Es
cierto que este aspecto está tan extendido entre nosotros que
lo consideramos correcto y adecuado. Sin embargo, esto no atenúa
su aspecto negativo, ya que el querer poseer o influir sobre otros
individuos o personalidades significa la usurpación del poder
de nuestro Creador.
¿Cuántas personas podría encontrar entre sus
amigos o familiares que sean realmente libres? ¿Cuántas
no están ligadas o se ven influenciadas o dominadas por otras
personas? ¿Cuántas de ellas podrían afirmar cada
día, cada mes, cada año, que únicamente obedecen
los dictados de su alma y que le son indiferentes las influencias
de otras personas?
Y, sin embargo, cada uno de nosotros es un alma libre que solamente
debe responder ante Dios de sus acciones y, también de sus
pensamientos.
Quizá la lección más grande de la vida es la
de aprender a tener libertad. Libertad respecto a las circunstancias
que nos rodean, frente a nuestro ambiente cotidiano, frente a otras
personalidades y frente a nosotros mismos, ya que en tanto no seamos
libres no podremos estar en situación de darnos totalmente
y de servir a nuestros semejantes.
Analicemos ahora si somos víctimas de una enfermedad o cualquier
otra dificultad, si nos vemos rodeados de personas o de amigos que
nos molestan, si vivimos con personas que nos dominan y nos ordenan,
que se inmiscuyen en nuestros planes o que impiden nuestro desarrollo.
Nosotros mismos somos los responsables de ello. El motivo de todo
esto es que, dentro de nosotros, existe una tendencia que obstaculiza
la libertad del otro, o bien nos falta el valor de reafirmarnos en
nuestra propia individualidad y re reivindicar nuestro derecho a nacer.
En el momento en el que hayamos dado una completa libertad a todos
nuestros semejantes, cuando ya no sintamos el deseo de unir otras
personas a nosotros y de limitarlas, cuando nuestro único pensamiento
consista en dar y no en tomar, entonces, en ese momento, seremos verdaderamente
libres. Nuestras ataduras caerán y romperemos las cadenas y,
por primera vez en nuestra vida, sabremos de la extraordinaria alegría
que proporciona la libertad absoluta. Liberados de todas las limitaciones
humanas, serviremos diligentemente y llenos de alegría sólo
a nuestro más elevado yo.
El ansia de poder se ha desarrollado tanto en el mundo occidental,
que hace necesaria la aparición de graves enfermedades antes
de que la persona afectada pueda reconocer su equivocación
y corregir su comportamiento. Y, según la intención
con la que dominemos a nuestros semejantes, debemos de padecer en
tanto que lo que nos hayamos atribuido no le competa al ser humano.
La libertad completa es nuestro derecho de nacimiento, y solamente
la podemos alcanzar cuando le concedamos esa libertad a cada alma
viva que se nos cruce en nuestro camino, puesto que, en verdad, recogemos
lo que sembramos, tal y como dice el dicho: El que no siembra no recoge.
Al igual que irrumpimos en la vida de otra persona, ya sea joven o
mayor, eso debe de tener repercusiones en nosotros. Cuando limitamos
sus actividades, de alguna manera podemos comprobar que nuestro cuerpo
se ve también limitado por una especie de rigidez. Sí,
además, les proporcionamos dolor y padecimiento, entonces debemos
estar preparados para padecer lo mismo hasta que nos hayamos enmendado.
Y no existe ninguna enfermedad, ni siquiera una ten grave, que no
sea necesaria para examinar nuestras actuaciones y modificar nuestro
comportamiento.
Aquellos de ustedes que padezcan bajo el dominio de otras personas,
pueden adquirir un nuevo valor, ya que eso significa que se ha logrado
un paso más en su desarrollo, en el que se le imparte la lección
de cómo volver a recuperar su libertad. Y, exactamente, el
dolor y padecimiento que se soporta es la lección que les permitirá
poder corregir sus propias equivocaciones. Y, tan pronto como hayan
reconocido estos errores y los hayan corregido, desaparecerán
las dificultades.
Para poder llevar esto a cabo, se deben practicar grandes bondades.
No se puede, jamás, herir a otra persona a través de
un pensamiento, una palabra o un hecho. Pensemos que todas las personas
trabajan en su propia liberación, yendo por la vida aprendiendo
las lecciones que les son necesarias para la perfección de
su propia alma. Esto lo deben hacer para ellos mismos. Deben tener
sus propias experiencias, reconocer las trampas de la vida y, a través
de sus propias fuerzas, encontrar el camino que conduce a la cumbre.
Lo más maravilloso que podemos hacer, ahora que poseemos un
poco más de conocimiento y experiencia que nuestros jóvenes,
es conducirlos suavemente. Si nos prestan atención, estupendo.
En caso contrario, debemos esperar hasta que hayan tenido otras experiencias
que deben hacerles conscientes de sus emociones y, entonces, quizás
se dirijan de nuevo a nosotros.
Deberíamos aspirar a ser útiles de manera bondadosa,
tranquila y paciente, a movernos entre nuestros semejantes como un
soplo de viento o un rayo de sol. Tendríamos que estar siempre
preparados para ayudar cuando nos lo pidan, pero nunca debemos imponerles
nuestros puntos de vista.
Y ahora quisiera hablar sobre otro gran impedimento que se interpone
a la salud y que hoy en día está muy extendido. Se trata
de uno de los mayores impedimentos con los que se encuentra los médicos
en su esfuerzo por sanar al paciente. Es un impedimento que es una
forma de divinización, Cristo dijo: “No se puede servir
al mismo tiempo a Dios y al dinero”, y, sin embargo, el dinero
es una de las piedras con que tropezamos más a menudo. Hubo
una vez un glorioso y magnífico ángel, que se le apareció
a San Juan, cayendo éste de rodillas presa de la admiración
a la vez que le adoraba, pero el ángel le dijo: “No debes
arrodillarte ante mí, ya que soy tu siervo y el siervo de tu
hermano. Adoremos a Dios” Y, sin embargo, hoy en día
miles de personas no adoran a Dios, ni siquiera a un poderoso ángel,
sino a un semejante. Les puedo asegurar que una de las mayores dificultades
que debemos superar es el endiosamiento de un mortal.
Qué habitual es la frase: “Debo preguntar a mi padre,
a mi hermana, a mi marido... “ ¡Qué tragedia! Imaginarse
que un alma humana que lleva adelante su evolución divina deba
pararse para pedir permiso a un semejante. ¿A quién
cree que debe agradecer su origen, su vida? ¿A un semejante
o a su creador?
Debemos comprender que únicamente debemos responder ante Dios
de nuestros pensamientos y de nuestras actuaciones. Y que, de hecho,
se trata de una falsa idolatría el dejarse influenciar por
los otros mortales, el seguir sus deseos o el tener en cuenta sus
necesidades. La penalización es muy grave, nos ata, nos lanza
a la cárcel y limita nuestra vida. Y eso debe ser así
porque no nos merecemos otra cosas si obedecemos las órdenes
de otros semejantes sabiendo que todo nuestro yo sólo debería
conocer una orden y ésa es la de nuestro Creador, que nos ha
regalado nuestra vida y nuestra comprensión.
Pueden estar seguros de que la persona que se siente obligada con
su mujer, con su hijo o con un amigo, es un idólatra que sirve
al dinero y no a Dios.
Recordemos las palabras de Cristo: ¿Quién es mi madre
y quiénes son mis hermanos?, lo que significa que cada uno
de nosotros, seamos lo pequeño e insignificante que queramos,
está aquí para servir enteramente a nuestros semejantes,
a la humanidad y al mundo, y nunca, ni siquiera durante el más
breve momento, debe seguir las órdenes de otra persona cuando
éstas contravengan de cualquier manera los motivos que reconocemos
como las órdenes de nuestra alma.
Sean el capitán de sus almas, el maestro de sus destinos (lo
que significa que, sin prestar ningún tipo de resistencia,
se dejen dominar y guiar por la divinidad que existe en ustedes a
través de otra persona o de una circunstancia), vivan siempre
en armonía con las leyes de Dios y sean sólo responsables
ante Dios, que nos ha regalado nuestra vida.
Quisiera desviar todavía su atención hacia otro punto.
Piensen siempre en la orden que Cristo dio a sus discípulos:
“No os opongáis a lo negativo.” La enfermedad y
los errores no se vencen a través de la lucha, sino al sustituirlos
por lo bueno. La oscuridad desaparece con la luz y no con más
oscuridad; el odio lo hace con el amor, la crueldad con la compasión
y la enfermedad con la salud.
Nuestro objetivo reside únicamente en reconocer nuestros errores
y en esforzarnos por desarrollar la virtud que se le opone, de tal
forma que el error desaparece al igual que la nieve se funde bajo
el sol. No luchen contra sus preocupaciones. No batallen con sus errores
y debilidades, es mucho mejor que los olviden y se concentren en el
desarrollo de las virtudes necesarias.
Resumiendo. Podemos reconocer la importancia que, en el futuro, tendrá
la homeopatía en la superación de enfermedades. Ahora,
cuando hemos comprendido que la enfermedad en sí significa
Igual con Igual se cura, que nosotros mismos somos los culpables de
la enfermedad, que ésta aparece para corregir nuestros errores,
representando en última instancia un bien para nosotros, y
que podemos evitarla si aprendemos las lecciones necesarias y corregimos
esos errores antes que sean necesarias otras lecciones del dolor aún
más difíciles. Esto es la consecución natural
de la magnífica obra de Hahnemann. La consecución lógica
de este pensamiento se le hizo patente a él conduciéndonos
un paso más adelante hacia una comprensión completa
de la enfermedad y la salud, y ése es el estadio en el que
superamos el vacío existente entre lo que él nos ha
legado y el ocaso del día, cuando la humanidad haya hecho semejante
progreso, pudiendo así recibir directamente la grandeza de
la sanación divina.
Aquel médico juicioso que escoja esmeradamente sus remedios
de las beneficiosas plantas de la naturaleza, estará en situación
de ayudar a sus pacientes, de abrir los canales que posibilitan una
mayor unidad entre cuerpo y alma, desarrollando, por lo tanto, las
virtudes que son necesarias para subsanar los errores. Esto proporciona
a la humanidad la esperanza de una verdadera salud en conexión
con progresos espirituales.
Para los pacientes, es necesario que estén preparados para
confrontarse con la realidad de que la enfermedad es, única
y exclusivamente fruto de sus propios errores, al igual que el precio
del pecado es la muerte. Deben desear corregir esos errores, llevar
una vida mejor y más plena de sentido, y reconocer que la sanación,
depende únicamente de sus propios esfuerzos, aunque puedan
ir al médico para que les ayude y guíe.
La salud ya no se puede conseguir con dinero, igual que un niño
no puede comprar su educación. No hay ninguna suma de dinero
capaz de enseñar a un niño a escribir. Él lo
debe aprender bajo la dirección de un profesor experimentado,
y exactamente igual es el comportamiento de la salud.
Existen dos grandes mandamientos: Ama a Dios y a tus semejantes. Queremos
desarrollar nuestra individualidad de forma que consigamos una completa
libertad para servir al divinidad en nosotros mismos y, únicamente,
a esa divinidad. Y deseamos darle a todos los otros una completa libertad
y servirles de la manera en que esté en nuestro poder según
las leyes de nuestra alma. Y la capacidad de servir a nuestros semejantes
aumenta al hacerse cada vez mayor nuestra propia libertad.
Por este motivo, debemos enfrentarnos al hecho de que nosotros mismos,
exclusivamente, somos los responsables de nuestra enfermedad, y de
que el único tratamiento reside en corregir nuestros errores.
Toda verdadera curación aspira a representar para el paciente
un apoyo para armonizar su alma, su espíritu y su cuerpo. Eso
solamente lo puede llevar a cabo él mismo, aunque el consejo
y la ayuda de una persona experimentada puedan representar una gran
ayuda en todo ello.
Tal y como Hahnemann expuso, toda sanación que no haya procedido
del interior perjudica. Toda recuperación aparente del cuerpo,
conseguida a través de métodos materiales o por la actuación
de otra persona, que no cuente con la ayuda propia del paciente, puede
aportar seguramente cierto alivio corporal, pero dañará
nuestro más elevado yo, ya que la lección no ha sido
aprendida ni los errores subsanados. Cuando se piensa en las numerosas
curaciones artificiales y superficiales que se llevan a cabo hoy día
con la ayuda del dinero y de métodos médicos equivocados:
son métodos falsos porque simplemente acallan los síntomas
proporcionando un alivio aparente sin haber eliminado las verdaderas
causas.
La sanación debe proceder de nuestro propio interior al reconocer
nuestros errores, corregirlos y conseguir que nuestra vida esté
en armonía con el plan divino. Y dado que nuestro Creador,
en su bondad, nos ha proporcionado ciertas plantas medicinales bendecidas
por él que nos deben ayudar a lograr nuestra victoria, queremos
buscar estas plantas y utilizarlas tan bien como nos sea posible,
para así ascender la montaña de nuestra evolución
hasta que llegue el día en el que hayamos alcanzado la cima
de la perfección.
Hahnemann había reconocido la verdad de que Igual con Igual
se sana, que en realidad significa que la enfermedad cura a la manera
equivocada de proceder, que la verdadera sanación no es otra
cosa que un nivel más alto, y que el amor y todos sus atributos
expulsan a lo equivocado.
Él reconoció que en la verdadera sanación no
debe ser utilizado nada que retire al paciente su propia responsabilidad,
sino que sólo deben ser empleados aquellos remedios que le
ayuden a superar sus propios errores.
Ahora sabemos que ciertos remedios en la farmacopea homeopática
tienen el poder de superar nuestras vacilaciones, dotando, por lo
tanto, de una mayor armonía a nuestro cuerpo y a nuestra alma
y sanando a través de la armonía alcanzada de esta manera.
Finalmente, es nuestra labor depurar la farmacopea, así como
añadirle nuevos remedios, hasta que sólo contenga aquellos
que son beneficiosos y conmovedores.
Fuente:
Bach, Edward. Los Remedios Florales: Escritos y Conferencias. Edaf.
Madrid, 1993.