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Eneatipo II: El “Amor Pasión” (Perturbaciones del Amor, C. Naranjo) (2/10)

Entrando ya propiamente en el tema de este capítulo (Perturbaciones del Amor), resulta apropiado comenzar el recorrido de los caracteres por el segundo de los eneatipos ya que, así como los orgullosos están entre los que parecen más inocentes de todo pecado en la apreciación ordinaria son los que menos problema tienen en ser amorosos. Justamente constituyen el más «amoroso» de los caracteres.

El hecho de que algunos caracteres sean más o menos «amorosos», sin embargo, no se debe a que tengan mayor o menor capacidad de amar en el más profundo de los sentidos.

Partamos de la premisa de que la salud mental -y la capacidad de amar que conlleva- se ve interferida por patologías del carácter de equivalente seriedad. Es natural que los caracteres seductores se muestren más amorosos, ya que en ellos está en primer plano la falsificación del amor

 

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Fig 1. Chicory

El que los orgullosos parezcan no tener problemas en ser amorosos no significa que no tengan problemas con el amor. Una característica diagnóstica de la personalidad histriónica (forma más aberrante del orgullo) es su inestabilidad amorosa, ligada a su vez a la inestabilidad y superficialidad de sus tan manifiestas e intensas emociones.

Aunque estoy seguro que llegan a la psicoterapia menos orgullosos que personas con otros caracteres (a excepción de los lujuriosos), el motivo más común de que recurran a la ayuda profesional es, justamente, el de los problemas en el amor.

¿Cómo puede ser esto así, dada su disposición cariñosa? Quizá por el alto precio que entraña su cariño, precio que pone de manifiesto su condicionalidad. En tanto que la persona con este carácter seductor se esmera en ofrecer un amor maravilloso, único y extraordinario, sus aparentemente reducidas exigencias son también extraordinarias, particularmente la que concierne al amor.

Las necesidades neuróticas no se sacian en el mundo real, porque su naturaleza pasional es la de un pozo sin fondo. Aun en la situación ideal de encontrarse con un amor verdadero, la persona orgullosa puede ser lo suficientemente difícil como para poner su relación en crisis; puede ser demasiado invasora, por ejemplo, o demasiado celosa, o muy infantil, irresponsable o inconsecuente.

Tanto más es así en aquella situación en la que junto al amor aparecen las necesidades neuróticas y rasgos egoicos del otro. El orgulloso espera siempre un lecho de rosas, y las críticas, la impaciencia, el enojo y otras reacciones naturales ante sus propios defectos constituirán no sólo heridas a su sensibilidad sino, fundamentalmente, heridas a su imagen: idealizada, maravillosa, siempre deleitable e incomparable.

Tales frustraciones, naturalmente, serán factores de desenamoramiento y poco le interesa al carácter apasionado del eneatipo II una relación sin enamoramiento. De ahí el patrón característico de una búsqueda apasionada del amor que va de relación en relación, terminando cada vez en desencanto o aburrimiento; lo suficiente para que su anhelo de amor, no colmado, busque nuevo objeto.

 

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Fig 2. Fuchsia

No sólo las frustraciones, conscientemente reconocidas o no, de la vida cotidiana contribuyen al deterioro de las relaciones amorosas: también entra en juego aquello que resulta tan manifiesto en la vida de aquel notorio amante de la historia que fue Jacobo Casanova. El propio relato de sus aventuras innumerables nos hace presente que no es sólo el fracaso en el amor lo que le impulsa a la aventura sino el hecho de que no busca una vida amorosa, sino la conquista en sí.

Quien alimenta su orgullo de triunfos amorosos no se satisface por mucho tiempo con la demostración de que el objeto de su interés termine rindiéndosele; una vez logrado se interesará en reconfirmar su atractivo ampliando el campo de sus conquistas.

En ambos casos, sin embargo, el individuo sufre de una especie de sobredesarrollo del amor. La relación entre los sexos constituye una pasión tan intensa que pasa a eclipsar otros intereses en la vida, con el resultado de que la persona parece en cierto sentido no tener vida propia y volcarse en su única vocación: la de su familia. Esto último estaría muy bien si no fuese porque tal aparente vocación alberga en el fondo una sed amorosa que se disfraza excesivamente de un don.

Naturalmente, nada de esto sería posible si no fuera porque el amor-necesidad en la persona orgullosa se ve efectivamente encubierto por el amor-dar. El auto engaño es lo suficientemente perfecto como para que el individuo se llene con su propio dar (más que en el caso de los otros caracteres); independientemente de lo que pueda recibir del otro, su mismo dar (que entraña «recibir» la necesidad del otro) confirma su autoimagen de dador: imagen de gran amante, de gran madre o de persona con sentimientos muy delicados.

Hasta ahora he hablado predominantemente del amor entre los sexos, que es la provincia del amor en la que el eneatipo II tiende a especializarse y donde concentra su forma de dar y su encubierta necesidad de recibir. Provincia importante suele ser, además, la relación materno-infantil, propicia para quien se nutre tanto de su propia dadivosidad como de la necesidad ajena.

Para terminar, sin embargo, pasemos revista al desequilibrio particular en que se expresan en este carácter los tres amores que contemplábamos al comienzo del capítulo.

Por de pronto es claro que el amor a Dios le interesa relativamente poco. Aun más allá del amor entre los sexos, su orientación es más interpersonal que transpersonal. Poca cabida hay para «objetos ideales» en esta personalidad tan amante del contacto, para quien el amor se asimila a lo erótico y a la expresión emocional de la ternura. Su vida amorosa está hecha de una combinación de amor al prójimo y de amor a sí mismo -sólo que en esta combinación, como veníamos viendo, el primero enmascara al segundo.

En mi libro Enneatype Structures propuse para este fenómeno tan central en el EII (que parece todo dar y nada recibir) la expresión,”generosidad egocéntrica“. Tal vez podemos decir que el amor por sí mismo es el mayor, por cuanto el amor al otro es su transformación,el resultado de un espejismo por el cual la propia necesidad se proyecta en parte en el otro y, en parte, simplemente es negada o minimizada, en tanto que se enfatiza el don de sí.

En una escala real, el amor al prójimo se situaría en un segundo lugar, entre el amor a sí mismo y el amor a Dios, pero es el que llama verdaderamente la atención; tanto es así, que en muchos libros norteamericanos que hoy circulan acerca del eneagrama de la personalidad se designa este carácter como helper, es decir, «uno que ayuda». Sin embargo, su capacidad incomparable de hacer pasar su necesidad por abundancia de corazón desinteresada es el primer escollo en su progreso espiritual y terapéutico.

Un cartoon en el que se ve a una negra con un cupido que la ha de ayudar a meter al explorador en la olla esclarece vivamente el fondo egocéntrico del amor seductor, ya sea que se manifieste en una «vampiresa» o a través de un carácter dulce e infantil como el que Dickens describe en su novela autobiográfica David Copperfield. La pequeña Dora, de quien el gran escritor se prendó al sentir en él el eco del carácter de su madre, sólo proclama que quiere ayudar a su adorado cónyuge, pero es manifiesta su incapacidad al respecto. En su interés por ayudarlo termina devorándolo como el amor de una vampiresa. En ambos casos, el otro se torna esclavo de una gran ansia de amor que necesita ser necesitado.

Fuente: Claudio Naranjo. El Eneagrama de la Sociedad. Ed. La Llave (dentro del Capítulo “Las perturbaciones del amor”).

 

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Video Claudio Naranjo – Eneatipo II

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