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Psicología. Gestalt. Terapia floral

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Eneatipo VII: El “Amor Placer” (Perturbaciones del Amor, C. Naranjo) (3/10)

Resulta oportuno una vez más continuar nuestra exposición con el séptimo eneatipo, ya que se trata igualmente de un carácter seductor y cariñoso, sólo que su forma de seducción es algo diferente y también diferente su forma de amar.

La persona autoindulgente necesita ante todo un amor indulgente y como aprecia que no se le exija ni se le pongan límites, también ofrece al otro permisividad. Tanto es así que La Bruyere, en su contemplación de los caracteres humanos, ha llamado la atención sobre uno que parece empeñarse en cultivarle al otro sus vicios y alabárselos.

Si el amor ideal que busca tanto como ofrece el orgulloso es un amor-pasión, el ideal amoroso del goloso es algo más suave, tranquilo y a salvo de problemas. Un amor agradable que busca el agrado y que podría llamarse un “amor galante“, en asociación con la vida cortesana de la época de Fragonard y la corte de Luis XIV. Viene al caso citar lo que dice Hipólito Taine al comparar esta forma de amor con aquella exaltada por Bocaccio:

Boccaccio toma el placer en serio; la pasión en él, aunque física, es vehemente, constante incluso, frecuentemente rodeada de acontecimientos trágicos y asaz mediocre para divertir. Nuestras fábulas son alegres de modo muy distinto. El hombre busca en ellas la diversión, no el disfrute, es jocundo y no voluptuoso, goloso y no glotón. Toma el amor como un pasatiempo, no como una embriaguez. Es fruto hermoso que recoge, que saborea y que deja.(4)

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Fig 1. Agrimony

Podría decirse que la psicología del EVII tiende a una confusión entre el amor y el placer y por lo tanto entre el amor y la no interferencia en el cumplimiento de los deseos. Pero la expresión amor-placer no evoca plenamente el fenómeno de ese amor tan liviano de este carácter amable y jovial que ni quiere pesar sobre el otro ni recibir el peso de nadie. Bien podría hablarse, alternativamente, de un amor comodidad, lo que nos invita a evocar tanto el aspecto grato y apacible de esta forma de vida amorosa como de su limitación.

Una ilustración de la expresión menos que ideal de tal amor-comodidad nos la proporciona un chiste carioca -lo que me parece apropiado en vista del espíritu goloso de Río de Janeiro-: una mujer indignada increpa a su marido diciéndole que la empleada está embarazada. El marido contesta: «Eso es problema de ella.» La mujer insiste: «Pero tú la dejaste embarazada» Él replica: «Eso es problema mío.» «y yo, ¿cómo crees que quedo con esto?», insiste la mujer. El marido, desenfadadamente, responde: «Eso es problema tuyo

El que un buscador de placer se bata en retirada ante la persona o situación que anuncia molestias, compromisos, obligaciones serias o restricciones es, seguramente, uno de los factores que hace del amor goloso un amor inestable, siempre exploratorio, sabemos que todo esto aumenta a medida que las relaciones se prolongan; pero no es el factor único, puesto que la personalidad del goloso es de por sí curiosa y exploratoria, y siempre lo lejano le parece más atractivo que lo cercano.

Precisamente, la dificultad de satisfacerse en el aquí y ahora del mundo real es otro problema importante en la vida amorosa de los «orales optimistas», que constantemente los empuja hacia lo ideal, lo imaginario, lo futuro o lo remoto. Piensan que es el deseo lo que los aleja del presente, pero es dudoso que esto sea más que una apariencia subjetiva: más bien es una implícita insatisfacción lo que motiva su continua huida hacia lo diferente.

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Fig 2. Wild Oat

Y es que difícilmente el ideal de una dulzura por completo indulgente que busca el goloso puede darse en la experiencia real más allá del período de encantamiento de una relación nueva. La vida tiene sus problemas, y en el mundo físico todo cómputo debe tomar en consideración el roce. El amor-placer busca relaciones sin roce -y sabe encontrarlas, sólo que en escasa medida pueden llamarse relaciones. Lo ilustra elocuentemente un dibujo de William Steig que, a pesar de no referirse al amor en sí, trata de la relación humana.

Hay en el EVII una actitud amistosa generalizada. Se trata del individuo que va al restaurante y, al rato, conoce al camarero o a la cocinera; conoce también a la gente de las tiendas y entra en conversación fácilmente. Su actitud igualitaria contribuye a ello, y es parte de su carácter amable, simpático y seductor. ¿Cuál es la base de esto? ¿Camaradería? Hay un aspecto exploratorio y, además, una búsqueda de novedad y de experiencias, una búsqueda de posibilidades, de marketing, por parte de quien está siempre buscando promoverse. Recuerda al hombre de negocios que busca un mercado y, sea quien sea con quien se encuentre, quiere conocer la situación para ver si entraña una oportunidad. También destaca el aspecto de juego: como es una persona lúdica, se acerca al otro como lo hace un niño respecto a aquél con quien puede jugar.

Puede entenderse el trasfondo de esta no-relación a partir de la información que nos ofrece el eneagrama sobre este eneatipo; un eneatipo (EVII) que se emparenta con el de los antisociales (EVIII), a la vez que lo hace con el de los ensimismados y distantes (EV). En la medida en que el goloso se parece al lujurioso, va por la vida de Don Juan, en busca de una presa, y por más que se nos muestre como un galán, lleva dentro de sí al aprovechador y, también, a un esquizoide más interesado en si mismo que en el otro. Esta otra forma de egoísmo sería inaceptable para los demás si no estuviese compensada por una dosis al menos equivalente de generosidad galante.

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Fig 3. Sticky Monkeyflower

Así como el goloso es en general un especialista en hacer aceptable a los demás sus deseos, también es cierto que en el terreno específico del amor una persona con este carácter tiene poca dificultad en hacerse conceder sus gustos -aun cuando entrañen sacrificios y salgan de lo convencional, como es el caso de la infidelidad. Recuerdo una historieta de Quino que presentaba a un personaje con características fisonómicas típicas del charlatán, sentado en su consultorio de médico rodeado de diplomas. A una anciana que ha venido a consultarlo (presuntamente por un mal del corazón) le toca ser testigo de las instrucciones que el joven facultativo le da a su secretaria: «Llame a mi mujer y dígale que se comunique con mi esposa para ver cómo se pueden poner de acuerdo con mi señora a propósito de la fiesta de los niños.» En la viñeta siguiente se ve que la anciana se ha desplomado.

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Fig 4. Black Cohosh

En la discusión que se hace de los rasgos del carácter narcisista en el DSM-III se pone de relieve el “entitlemen“, que podría traducirse por un sentirse con derechos de talento, derechos de superioridad. Pero, sin embargo, la superioridad que persigue el EVII en una relación amorosa es diferente a la de aquellos que van por la vida de importantes y asumen un rol de autoridad. En este caso se trata de una importancia más sutil: no solo que espere ser obedecido, sino escuchado y reconocido como uno que está enterado. El hombre puede esperar que la mujer sea su público, por ejemplo, e igualmente ocurre con un padre respecto a su hijo.

Correlativo a la necesidad del charlatán de ser oído es naturalmente su no saber oír, aunque puede que el mismo no se percate de esto, ya que ofrece gran empatía en su actitud atenta. También en materia de paternidad, el amor de los autoindulgentes es menor de lo que aparenta ser, debido a su talento persuasivo y su encanto. Un padre puede apenas estar presente en su hogar y hacerse querer, sin embargo, a través de regalos y sonrisas, de modo que sus hijos no se enteren hasta ya crecidos de su ausencia. En este caso, parte de su ofrenda amorosa será la permisividad, sólo que a veces los hijos llegan a percibirla como un no querer molestarse e intuyen que se sentirían más queridos si se les pusiera límites.

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Fig 5. Daffocil (Narciso)

Veamos ahora cómo es la distribución de la energía psíquica entre los tres cauces amorosos, que hemos distinguido anteriormente, en los encantadores.

La jerarquía entre estos tres amores es, por lo general, algo diferente que en el caso de los orgullosos; en tanto que en aquéllos el amor a lo divino se ve prácticamente eclipsado por el amor a sí mismo y el amor al otro, en los golosos se da a menudo una orientación religiosa, y aun cuando ésta no es el caso, se puede hablar de un amor al ideal o a lo ideal que corresponde al ámbito del amor a lo divino en la forma amplia en que estoy entendiendo éste término.

Precisamente la religiosidad o los afanes espirituales pueden constituir un escape para las personas con este carácter, por cuanto no sólo entraña un desatender lo inmediato y lo posible por lo remoto e imposible, sino por cuanto una dificultad en materia de disciplina y una limitada capacidad de encararse con las incómodas profundidades de la propia psiquis hace a menudo de ellos amateurs que se amparan en la espiritualidad sin entrar en un proceso de transformación profunda.

Con respecto al amor por sí mismo la autoindulgencia del EVII es algo así como la de un padre cómodo y seductor más que la de un buen amigo de sí mismo. Pero naturalmente el amor-placer es un intento de resarcirse ante un sentimiento más profundo de privación (como indica el movimiento entre el EV y el EVII en el eneagrama). Se busca el placer justamente para huir de la incomodidad psicológica de la angustia y la culpa, y se huye de éstas en la medida del propio desamor y el autorrechazo.

El amor-dar, como hemos implicado ya, es en este carácter, tanto como en el anterior, cosa de seducción. Se puede decir, por tanto, que es una amabilidad y una disponibilidad estratégicas. Bien las pintó La Fontaine en sus fábulas del zorro, que se muestra siempre amable con los objetos de su deseo. Podemos también hablar de un amor-oportunista. Como ilustración de él puede servir el título que un humorista dio a uno de sus libros: Al patrimonio por el matrimonio.

Notas:

(4) La Fontaine y sus fábulas, Ed. América Lee, Buenos Aires, 1946.

 

Fuente: Claudio Naranjo. El Eneagrama de la Sociedad. Ed. La Llave (dentro del Capítulo “Las perturbaciones del amor”)

 

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Video Claudio Naranjo – Eneatipo VII

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