Gestalt Ceres

Psicología. Gestalt. Terapia floral

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Eneatipo VIII: El “Amor-Avasallador” (Las perturbaciones del Amor, C. Naranjo) (6/10)

Siguiendo con el mismo orden de los caracteres que en el capítulo anterior, y abordando ahora aquellos de la zona superior del eneagrama, veamos la perturbación del amor en los lujuriosos.

Si la indiferencia emocional constituye un desamor, sería propio hablar de atracción lujuriosa más que de amor lujurioso como de un contra-amor. Como consecuencia de la sed de intensidad, el impulso a la unión sexual reemplaza más que vehiculiza la unión íntima entre las personas, en tanto que el lujurioso (tal como dice Stendhal de Don Juan) considera al sexo opuesto como enemigo y sólo busca victorias. El amor a la manera de Don Juan -reflexiona Maurois- se parece al gusto por la caza. Es una necesidad de actividad que ha menester ser despertada por objetos diversos.

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Fig 1. California Pitcher Plant

El amor lujurioso es un amor como en el prototipo del «Don Juan» original (es decir, el burlador) que antepone su deseo al otro: un amor que invade, que utiliza, abusa, explota, y que exige a su vez un amor que se confirme a través del sometimiento y del dejarse explotar. Le cuesta recibir porque no cree en lo que recibe. Porque en su posición cínica, no cree en el amor del otro, tiene que ponerlo a prueba. Prueba el amor del otro, por ejemplo, desequilibrándolo y observándolo en situaciones de emergencia, o pidiéndole lo imposible, pidiéndole el dolor y la indulgencia como demostración de su sinceridad.

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Fig 2. Vine

Aparte del aspecto excesivamente avasallador del amor lujurioso, hay un paralelismo de íntima desvinculación que deriva de su gran necesidad de autonomía. Puesto que se trata de un carácter duro que anda en guerra con el mundo, es naturalmente difícil que pueda hablarse de amor en el sentido de unión o relación -excepto en un sentido exterior. Recibe mal el amor del otro, por más que constituya una defensa de la propia independencia; niega lo que se le da y niega el deseo mismo de recibirlo, puesto que significa una invasión de su sistema y entraña el peligro de sentirse débil.

El amor de pareja del EVIII no solamente es invasor, excesivo y avasallador, sino violento. No podía ser menos, ya que el carácter violento se revela sobre todo en la intimidad Aparte de castigador, exigente y provocador, es antisentimental: busca un amor-contacto, concreto, no emocional, que dura lo que dura el contacto; un amor en el aquí y ahora, sin compromisos y con negación de la dependencia, que pone a la persona en relación con su fragilidad, su inseguridad.

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Fig 3. Black Cohosh

El aspecto pseudoamoroso está en lo erótico, también en una seducción que es como una «compra» del otro o su indulgencia en ciertas situaciones. El amor-compasión es negado porque es incompatible con el notorio énfasis del amor-necesidad. El amor- admiración, sin embargo, está más a mano; por mucho que la persona sea competitiva, puede reconocer y admirar intensamente, sobre todo si se trata de modelos fuertes. El amor a sí, sin embargo, es el más fuerte; el amor al prójimo va en segundo lugar, a pesar de tratarse de un ser aparentemente antisocial: es contrario a las normas más que a las personas concretas, y no es tanta como parece la diferencia entre los eneatipos I y VIII en lo que a los impulsos se refiere.

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Fig 4. Saguaro

En un caso la agresión está muy racionalizada y se percibe como un servicio de buenas causas; en el otro se reconoce la agresión como tal, y existe una especie de inversión de valores por la cual lo bueno se considera malo y viceversa. Pero hay lazos humanos que van más allá de lo que se haría en aras de lo que se supone bueno, y la solidaridad social puede llevar a actitudes de venganza, de reclamo de justicia por el otro, comparables a tomarse la justicia por su mano cuando se trata de la propia vida.

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Fig 5. Vervain

El amor a Dios o a lo ideal y transpersonal es el más débil de los tres.

El aparente amor a sí mismo del lujurioso se reconoce como un pseudoamor, si se lo mira desde cerca; porque en la insaciabilidad avasalladora de la búsqueda de placer, ventaja o poder, la persona no reconoce su propia necesidad más profunda: el hambre amoroso mismo. A quien se satisface no es al niño de pecho interior, sino a un adolescente titánico que se ha propuesto conseguir lo que se le dio en su momento, de tal forma que su propia fuerza en reclamarlo, pasa a ser un sustituto del deseo amoroso.

Fuente: Claudio Naranjo. El Eneagrama de la Sociedad. Ed. La Llave (dentro del Capítulo “Las perturbaciones del amor”)

 

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Video Claudio Naranjo – Eneatipo XIII

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