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Psicología. Gestalt. Terapia floral

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Superar la ansiedad, por el Dr. Alejandro Napolitano

Desde hace ya unos cuantos años la palabra ansiedad ocupa espacios cada vez mayores en los medios de comunicación masiva. Vocablo bastante técnico, salido del ámbito de la psicología clínica, nos llega dando una voltereta extraña. Se trata de la traducción del inglés anxiety, para el que en castellano ya contábamos con la expresión angustia.

 

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La diseminación masiva de múltiples modalidades de la angustia como fenómeno social, desvinculada de eventos catastróficos, y en cambio incluida en la cotidianeidad, es el elemento más novedoso cuando nos ponemos a considerar la angustia contemporánea. Precisamente, la inclusión de muy altos niveles de ansiedad en nuestra vida diaria pareciera querer mostrarnos que algo hemos hecho con nuestra existencia que la ha tornado inhumana. Veamos qué queremos decir. Conocimos la angustia existencial en los años cuarenta gracias a la enorme difusión que lograron las ideas de los filósofos existencialistas. Asimismo experimentamos, como sociedad, angustia en numerosísimas oportunidades, atravesando catástrofes y tragedias que nunca faltan.

Sin embargo, la angustia que se ha transformado en problema de salud pública en nuestras sociedades modernas, no es ni aquella mentada por los existencialistas como relativa a nuestra percepción de la finitud de la vida, ni la que proviene del horror de las tragedias. No. La angustia contemporánea está ligada a la opresión y al sinsentido que experimentamos al darnos una vida plagada de sobre-exigencias, urgencias, apremios y una honda separación de aquello que desde siempre ha representado la fuente de la alegría y el sentido del vivir: nuestros afectos, el cultivo amoroso de los vínculos íntimos, la conexión con la Naturaleza y el cuidado de lo viviente.

Es así que la angustia, o ansiedad, como queráis llamarla, es hoy hija de ese otro fenómeno paradigmático del mundo contemporáneo: el stress. Esta palabra también salió del laboratorio para instalarse en medio de las conversaciones familiares. Originalmente designó los cambios biológicos que los científicos detectaban al estudiar un organismo atravesando alguna situación acuciante. Por lo tanto lo llamaron síndrome general de adaptación, en donde la palabra adaptación se refiere a los ajustes necesarios para salir de una situación riesgosa. Claro, se supone que una vez que la lucha o la fuga permiten deshacerse del peligro, el organismo en cuestión recupera su anterior estado calmo. Pero ¿qué sucede si esa situación riesgosa se prolonga por mucho tiempo?, o ¡incluso indefinidamente! Estamos preparados, orgánicamente, para enfrentar momentos graves o peligrosos, pero nos deterioramos mucho si el estado de sobre-exigencia no cesa jamás. Esa es la situación típicamente humana y contemporánea de stress a que nos referimos en este artículo.

La vivencia de amenaza, la sensación de peligro, generan un estado particular de angustia que se conoce como angustia señal, o simplemente miedo. El miedo promueve toda una cascada de dispositivos nerviosos y hormonales que preparan nuestro cuerpo para escapar o para luchar. Esos dispositivos son muy precisos y eficaces, así como perjudiciales si se prolongan exageradamente en el tiempo. En un primer momento de la situación de stress producimos grandes cantidades de adrenalina con lo que se eleva nuestra presión arterial, nuestro corazón late más fuerte, se dilatan las pupilas y así también muchos otros ajustes fisiológicos muy importantes. Un momento después otra hormona de la glándula suprarrenal, el cortisol, comienza a segregarse en grandes cantidades, lo que refuerza y profundiza el estado anterior.

Si la situación se mantiene, y entramos en un estado de stress crónico nuestro organismo comienza a sufrir y a tornarse más vulnerable. Los elevados niveles de cortisol en la sangre nos hacen proclives a que ese estado que comenzó con stress y siguió con angustia entre ahora en la depresión. En efecto, la depresión es muchas veces el resultado del stress crónico y la angustia sostenidos durante tiempos exageradamente prolongados. El exceso de cortisol también deprime nuestras defensas volviéndonos más susceptibles de contraer enfermedades infecciosas. Como esas defensas son las mismas que nos protegen del crecimiento de células tumorales, aumenta la predisposición al cáncer.

El panorama se torna desolador, más si consideramos que los estados de ansiedad desmesuradamente elevados, capaces de introducirnos en estos laberintos fisiológicos, en los cuales es más fácil entrar que encontrar el camino de salida, inciden en porcentajes muy altos de la población. Estadísticas coincidentes en muchos países aseguran que casi el 50% de la población urbana padecerá en algún momento de su vida alguna forma de trastorno por ansiedad, y que en el 10% de los casos se tratará de crisis de pánico. La presencia simultánea de síntomas de ansiedad y depresión se da en el 58% de los pacientes con trastornos por ansiedad, según muestran las estadísticas más estrictas. Aparece así un conjunto, de presentación harto frecuente, constituido por stress-ansiedad-depresión-enfermedad orgánica, que exige nuestra más cuidadosa atención.

Ni la angustia ni el miedo son nuestros enemigos. El miedo nos protege de riesgos y peligros. La angustia es el resultado de no ser ignorantes ni tontos: sabemos que el dolor, el sufrimiento y la muerte existen, que son parte de nuestra vida y que deberemos verles la cara en más de un momento. Nuestros enemigos son la angustia desbordada y el miedo disfuncional, frutos ambos de conflictos psicológicos que se nos escapan, de relaciones tóxicas en las que nos involucramos o de la desmesura con que conducimos nuestra vida. Sobre ellos debemos actuar.

La ansiedad se presenta casi siempre como un trastorno del cuerpo. Sobreviene un mareo, o la sensación de percibir intensamente los latidos del corazón. Se nubla la vista, aparece dificultad de respirar o una indefinible sensación gástrica que nos impide disfrutar de la comida. El cuerpo y sus sensaciones devienen amenazantes. Anuncian el abismo. Algunos pensamientos pueden acompañar el descalabro: “me estoy volviendo loco”, “tengo miedo que esto vuelva a repetirse, ya no lo soporto”, “algo horrible está por ocurrir”, “esto se me va de las manos, temo perder el control”, “me da mucha vergüenza que alguien note que estoy tan asustado”. A esta situación, finalmente, puede llegarse por muchos caminos diferentes, de acuerdo con la personalidad de cada quién. Tal como a un infierno personal, puede arribarse allí por un camino asfaltado de buenas intenciones.

A la angustia neurótica también podemos llegar montados sobre nuestras más personales características. Si bien la ansiedad a nadie es ajena, se nos hará más patente si nos instalamos en algunas actitudes en particular, que muchas veces nos parecen perfectamente virtuosas. Veamos si no.

Carmen se vanagloria de ser notablemente puntillosa y perfeccionista y cae fácilmente en la desesperación al querer controlarlo todo, deslizándose como por un tobogán hacia la impotencia y el descontrol.

Juan Carlos no logra discriminar entre la responsabilidad propia y la ajena y se echa en la mochila el destino de media familia y algún que otro conocido, la culpa neurótica y paralizante le hará temer todo el tiempo la inminencia de catástrofes. Julieta permanece ávidamente dependiente de la aprobación continua de los otros y persiguiendo el éxito como su único alimento se aleja tanto de su propia naturaleza que se vuelve incapaz de interpretar las sabias señales que provienen de su propio cuerpo.

Magdalena se desprecia, comparándose siempre desventajosamente con medio mundo. En lo que supone es afán de superación, descalifica lo que es y lo que hace, esa errónea actitud por mejorarse, inhibe su auténtica expresividad llenándola de síntomas y dolencias.

Eugenio cree que todo aquello percibido como propio, que no coincide con los ideales transmitidos por sus padres, denota alguna especie de naturaleza maligna que anida en su interior, interpreta muchos de sus impulsos y tendencias como peligros incontrolables a cuya merced está, y termina debatiéndose interminablemente entre el hipercontrol y las explosiones de ira.

Federico se propone ideales inalcanzables, que no toman en cuenta sus verdaderos recursos y posibilidades, sometiéndose a estados de insatisfacción permanente, una especie de sed existencial que nunca logra saciarse.

La lista podría tornarse interminable. Tal vez nos sirva para darnos cuenta que cuando los síntomas de la angustia se hacen claramente presentes, nos están señalando que ha llegado la hora de revisar qué estoy haciendo con mi vida, y comenzar a considerar si no habrá cambios para instrumentar.

¿Son necesarios los ansiolíticos?

Los ansiolíticos son los medicamentos utilizados para combatir los síntomas de la angustia y ansiedad. Los más conocidos pertenecen a una amplia familia de fármacos, utilizados desde hace muchos años, llamados genéricamente benzodiacepinas. Entre ellos se encuentran Alplax, Lexotanil, Trapax, Rivotril y muchas otras muy conocidas marcas comerciales.

Son medicamentos muy potentes y eficaces para anular los síntomas de la angustia y, como todas las drogas, poseen importantes efectos colaterales, que hacen que sólo puedan utilizarse si son administrados por un médico especialista. Desde hace ya muchos años los ansiolíticos están entre los medicamentos más vendidos en la mayoría de los países. Es un fenómeno social relevante el serio problema de la automedicación y de la medicación abusiva con estos fármacos, que alcanza niveles de verdadera preocupación sanitaria.

Más allá de la indudable eficacia en el control de los síntomas de la ansiedad, los ansiolíticos poseen efectos indeseables de cuidado. Los más importantes son su capacidad de desarrollar tolerancia y dependencia y el producir una influencia negativa sobre algunas funciones cognitivas. Tolerancia significa que el organismo se va haciendo resistente, con el paso del tiempo, a los efectos del fármaco, debiéndose incrementar la dosis para obtener el mismo efecto.

Se desarrolla, asimismo, una dependencia a la droga, que es tanto física como psicológica, lo que hace que la medicación no pueda discontinuarse de forma repentina, sino paulatinamente. Por otro lado, las benzodiacepinas inhiben la atención, la velocidad de reacción, la memoria y ciertas formas de pensamiento, efectos que se potencian si su uso se prolonga en el tiempo. Queda claro, entonces, que estos remedios sólo tienen aplicación en el contexto de un tratamiento médico, conducido por un especialista y acotado en el tiempo.

Por otra parte, los ansiolíticos atenúan o anulan los síntomas de la ansiedad, pero, obviamente, dejan intacto el conflicto psicológico que subyace al cuadro. ¿Qué pasaría si un médico tratara una infección sólo con medicación antifebril, buscando eliminar el molesto síntoma de la fiebre, sin ir a buscar la causa que la provoca? En determinados, y muy acotados momentos, es, a veces necesario el uso de ansiolíticos, pero rápidamente debemos ir a tratar el conflicto, la situación pendiente de resolución, que está originando los síntomas.

La superación de la angustia sobrevendrá a lo largo de un proceso terapéutico en el cual la persona pueda revisar, con tiempo, atención y ayuda experta, cuáles son los aspectos de su vida actual que se han tornado disfuncionales. Cuáles son las creencias, asumidas tal vez desde antiguo, que ya no brindan respuestas adecuadas a las demandas de hoy. Cuáles son los asuntos inconclusos de la historia personal que ha dejado indefinidamente sin resolver y que hoy le reclaman con urgencia. Cuáles son los proyectos soñados y nunca iniciados que dejan este regusto de frustración e insatisfacción permanente.

En esta línea de pensamiento existen algunas tendencias en la psicoterapia contemporánea que pueden brindar un abordaje acorde con lo que hemos desarrollado a lo largo del artículo. Nos referimos, por ejemplo, a la Terapia Gestáltica, a la Terapia Cognitivo-Conductual, a la Psicoterapia centrada en el cliente de Carl Rogers, al Análisis Transaccional de Eric Berne como las principales. De todas formas, en una psicoterapia, más importante que la opción entre una u otra escuela es siempre la elección de un vínculo humano, cuyas posibilidades curativas nos es posible intuir.

Un remedio contra el pánico: aceptar el miedo

En los últimos años nos hemos ido familiarizando cada vez más con la expresión ataque de pánico. La hemos visto salirse de las publicaciones especializadas, para encaramarse al tope en artículos de revistas de actualidad, y hasta arreglárselas muy sueltamente para posar de chica de tapa. Si bien su fama es reciente, sorprende saber que su origen no lo es en absoluto. La descripción pormenorizada del cuadro no es contemporánea, ni hija de las épocas que nos tocan vivir, sino que nació en 1895, y su padre fue nada menos que Sigmund Freud.

Claro que Freud, en aquellos días, la bautizó con un nombre más académico. La llamó neurosis de angustia. El alias que utiliza en nuestros tiempos le ha permitido hacerse más perceptible para el gran público, más comprensible, y, sobre todo, más impactante. No obstante, desde su origen nos llega, entonces, una información valiosa, como es su vinculación con la angustia. Tal como veremos en un momento, es su vinculación con la experiencia humana universal de la angustia, la que nos dará algunas claves que nos permitan comprender e intentar resolver la situación. Pero, mejor, avancemos de a poco, antes de decir nada acerca de su resolución posible aclaremos, ¿a qué estamos llamando ataque de pánico?

El ataque de pánico es una crisis súbita, de instalación repentina, que la persona no logra vincular con ningún acontecimiento previo. Durante la misma, sobrevienen una serie de intensísimos malestares físicos (mareos, palpitaciones, dificultad respiratoria, dolores abdominales, visión borrosa y/o muchos otros de similares características) que adquieren la significación de una muerte inminente, o de una enfermedad aguda y grave en pleno curso. Al cabo de algunos minutos el cuadro cede, quedando la persona en un estado de extrañamiento y temor. Si el cuadro se repite (como de hecho lo hace con frecuencia), se sobreañade un estado de aprehensión a que otra vez sobrevenga. Este estado de sensibilidad acrecentada a la percepción de la propia angustia es conocido como miedo al miedo.

Quien lo sufre, suele comenzar, más tarde, a auto-imponerse restricciones o hábitos, con la finalidad de impedir que sobrevengan las crisis, o, en caso de producirse, atenuar sus consecuencias. Es así que se evita alejarse de casa, viajar en transportes públicos, acudir a restaurantes o cines, a menos que pueda uno ubicarse cerca de las puertas de salida, etc. La ocurrencia frecuente de los episodios, desata sentimientos de vergüenza y temor a enloquecer, iniciándose entonces una serie de limitaciones vitales importantes, que llegan, a veces, a aislar a la persona de sus actividades habituales.

Es muy común la asociación de las crisis con una progresiva aversión a los espacios abiertos o sitios muy concurridos (agorafobia). En los períodos entre crisis, toda sensación corporal, antes inocente, comienza ser sospechosa, por poder tratarse del prólogo de un nuevo episodio. La vinculación, oculta para el paciente, entre su angustia y los síntomas corporales, hace que, buscando desesperadamente algo que explique y resuelva su sufrimiento, comience a deambular por consultorios médicos, buscando en el cuerpo la causa y la cura.

La respuesta frecuentemente recibida suele ser “usted no tiene nada”, “sus exámenes clínicos son completamente normales, deje de preocuparse”. Esta nueva situación crea un círculo de incomprensión y frustración ciertamente enloquecedor: la persona percibe que su vida se ha transformado en un calvario por algo que, cuando es puesto a consideración de los médicos, es estimado como inexistente.

El trastorno se completa cuando quien lo padece muestra ciertas características en su funcionamiento mental que perpetúan el cuadro. Tales son la ideación automática y la anticipación catastrófica. Consisten en la asociación instantánea y autónoma entre sensaciones corporales e ideas amenazantes ligadas al tema de la enfermedad, la locura y la muerte, o a pensamientos del tipo “si hago tal cosa…” entonces “sucederá tal otra”, siendo esta otra la firme convicción de algo muy amenazador y peligroso. Es, continuamente, la vaga, aunque inefable, convicción, de que algo terrible, vinculado a la salud, está a punto de suceder.

Tan calamitosa situación coloca a al persona, no sólo en una condición de gran sufrimiento, sino en un estado de vulnerabilidad psicológica, que la hace pasible de presentar nuevos y diferentes síntomas en la esfera de su vida psíquica. Esta vulnerabilidad está derivada del surgimiento de una creciente dificultad para evaluar adecuadamente la relación entre la amenaza y los recursos con que se cuenta para enfrentarla. Es la desmesura amenazante de un miedo, que, visto desde fuera, parece siempre desproporcionado la que hace que no haya recursos capaces de cubrir esa brecha inalcanzable.

Debemos destacar, entonces, como queda visto tras esta somera descripción de los puntos más relevantes del ataque de pánico, que si bien este es un cuadro derivado de una particular manera de relacionarse la persona con su propia angustia, esta vinculación se le escapa por completo, de manera que la casi totalidad de los síntomas se manifiestan en el cuerpo, o a través de él.

En la presentación que hace del Panic Attack la Asociación Psiquiátrica Americana describe para su diagnóstico un total de trece síntomas, de los cuales sólo dos pertenecen al ámbito psicológico mientras que los once restantes son corporales. Los dos síntomas psicológicos describen, en primer lugar, la sensación de extrañamiento respecto de sí mismo y del mundo circundante durante o inmediatamente después de las crisis: “¿esto me está pasando a mí?”, “¿este soy yo?”, “he estado mil veces en este lugar, pero es como si fuera otro, no sé… peligroso, no lo reconozco”. El segundo término señala el miedo a morir o enloquecer.

A esta altura de nuestra descripción, creo que la denominación original de Freud, neurosis de angustia, nos va a permitir orientarnos un poco mejor en la comprensión del tema, mientras que la más moderna, ataque de pánico, nos lleva a una encerrona. ¿Por qué decimos esto? La expresión ataque de pánico, predispone al pensamiento a considerar que aquello de lo que estamos hablando es de un ataque a la integridad psicofísica, por parte de una entidad más o menos extraña. Es un lenguaje similar al que usamos cuando nos representamos mentalmente la agresión a nuestro organismo de un virus o una bacteria.

Esta manera, médica, de ver las cosas, presupone una cierta pasividad de quien sufre, y predispone a sobrevaluar la importancia de la intervención externa, instrumental y química, en la resolución del episodio. En cambio, si hablamos de neurosis de angustia, nos estamos representando mentalmente que algo profundamente humano, con lo que estamos cada uno de nosotros íntimamente comprometidos, la angustia, está siendo inadecuadamente vivido, habitado o transitado. Nos podemos imaginar, entonces, una intervención externa que requiera una actitud más activa de parte de quien padece. Podemos suponer, seguramente, que el auxilio químico, por ejemplo, será subsidiario de una intervención psicoterapéutica.

No es esto sólo una cuestión de palabras. Las palabras nos permiten representarnos cosas, procesos, vínculos, situaciones. La distancia que va desde la expresión neurosis de angustia hasta ataque de pánico permite medir una brecha, propia del devenir de nuestro mundo, de progresiva deshumanización y extrañamiento del hombre respecto de su propio sufrimiento. Decíamos al comienzo que la descripción del cuadro es más que centenaria, pero, tal como sucede también con la anorexia nerviosa, es en nuestra época en la que por vez primera alcanza niveles cuasi-epidémicos. Algo parece haber sucedido en la forma que han ido tomando las relaciones de los hombres con su prójimo, con su medio, con los valores, con la naturaleza, con el sentido de la vida, que ha instalado un sentimiento de desmesura o ajenidad, que ha intensificado una imposibilidad de asimilar lo extraño, o de darse tiempo para que lo novedoso muestre sus atractivos.

Debemos revisar, entonces, en qué consiste esa experiencia clave que hemos llamado angustia, y que parece estar en el centro de nuestro interés.
Al decir que la angustia es una experiencia y no sólo un sentimiento, estamos diciendo que posee una triple naturaleza: forma parte de nuestro mundo emocional, y también del corporal y el mental. Pertenece por igual, y simultáneamente, al ámbito de nuestros sentimientos, de nuestras sensaciones corporales y de nuestros pensamientos.

En la lengua española y también en la alemana (angst) la palabra angustia remite a angosto, estrecho, y está referida particularmente a la sensación corporal de cierre del pecho, percibida como dificultad respiratoria y sensación de muerte. Los sajones la denominan ansiedad (anxiety). Se parece casi por completo a su hermano el miedo, pero a diferencia de este carece de un objeto o situación sobre que apoyarse. Parece ser que a este miedo sin objeto, llamado angustia, lo vamos construyendo paulatinamente, a medida que percibimos con nuestro cuerpo, con nuestra emoción y con nuestra mente, que estamos solos, es decir separados de lo que fue nuestra unión original, y que algún día, indefectiblemente, moriremos.

Esta experiencia de angustia básica o existencial es universal, inevitable, constitutiva de nuestra condición humana. Su irrupción está simbolizada en todas las culturas por mitos similares al de la caída del paraíso o la pérdida de la inocencia original. Su presencia constituye un trasfondo de desolación sobre el cual se construye toda la existencia.

Más allá de esta angustia tan básica tenemos aquella conocida como angustia señal, que sería mejor llamar directamente miedo. El miedo tiene la importante misión de alertarnos sobre posibles amenazas a nuestra integridad, a fin de que evitemos peligros o, de no poder evitarlos, que luchemos contra ellos. La angustia señal o miedo es una experiencia muy preciada por la evolución biológica, por el valor que posee para la preservación de los seres vivientes.

Es así que existen una larga serie de dispositivos orgánicos en nuestro sistema nervioso y endocrino, muy afinados, para sostenerlo y fortalecerlo. Valgan como ejemplo dos. El primero está referido, a la memoria. El centro de nuestro cerebro que construye el registro biográfico de nuestra historia personal dispone de mecanismos que hacen que se graben con mucha mayor intensidad aquellos recuerdos ligados a la experiencia del miedo. El segundo afecta nuestra lucidez. Cuando se disparan los instrumentos biológicos del miedo, se inhiben el pensamiento reflexivo y la apertura perceptual, con la finalidad de que toda nuestra atención esté fijamente dirigida hacia el objeto de miedo y no se aparte de él, para así poder escaparle o atacarlo. Como vemos, nuestra larga historia biológica ha decidido cuidar el miedo, con lo que nos está advirtiendo de lo útil que ha sido para la preservación de la vida en el planeta.

Ahora bien, hemos descrito una angustia básica que constituye un fondo común de nuestra condición humana, y luego una angustia señal o miedo que nos previene de peligros y amenazas. Puede suceder que por distintas razones, muchas veces difíciles de discernir, pero siempre ligadas a los aconteceres de la propia historia, esa angustia básica deje de ser el fondo para convertirse en la figura central, protagónica de nuestra vida, o que aquella protectora angustia señal devenga en una alarma hipersensible que se dispara erráticamente. Estaremos, entonces frente a un trastorno de la angustia, es decir, una especie de torsión mórbida de una experiencia, universal en un caso, funcional en el segundo, que termina conduciendo a la impotencia y a la parálisis vital. La irrupción brusca y cruda de un gran monto de angustia, sin más posibilidad de trámite que no sea a través de la inmediatez del cuerpo, es lo que Freud llamó neurosis de angustia y luego hemos conocido como ataque de pánico.

El ataque de pánico es, entonces, una situación en la cual la persona resuelve o expresa un miedo sin palabras, que brota de una fuente desconocida e inaccesible, como terror corporal. En este particular contexto se hacen patentes tres miedos de los más tempranos de todo niño: el miedo a ahogarse, el miedo a caerse y el miedo a las personas desconocidas. Los principales síntomas que se describen en el ataque de pánico aparecen así como referidos a estos miedos originarios: la estrechez torácica, la dificultad respiratoria, los mareos, la inestabilidad postural, el temor a desplomarse, la negativa a exponerse a lugares abiertos o sitios desde los que sea difícil volver rápidamente, la necesidad impostergable de tomarse del brazo de alguien para cruzar una calle, la imposibilidad de salir si no es acompañado, y otros por el estilo.

Una primera reacción espontánea que aparece frente a este estado de cosas es iniciar una lucha desesperada por controlar los síntomas (y también por ocultarlos). La persona está, además de asustada, amedrentada por la experiencia y también avergonzada por mostrarse de esta manera. Este intento sólo logra empeorar las cosas haciéndolas entrar en una espiral ascendente. Es este punto el lugar inicial de la intervención psicoterapéutica. En efecto, tras evaluar la conveniencia o no de recurrir al auxilio de alguna medicación para paliar los síntomas, el primer momento del tratamiento psicológico suele ser brindar los elementos de sostén que permitan a la persona dejar los esfuerzos estériles por controlar o disimular los síntomas. En términos generales utilizamos recursos que buscan destrabar la tremenda tensión descargada sobre la musculatura respiratoria, y mejorar las sensaciones corporales de apoyo y autosustentación. Se trata, en este momento, de herramientas terapéuticas principalmente ligadas al trabajo corporal. Estamos concentrándonos aquí sobre la intolerable hipersensibilidad a los síntomas de la angustia que se han desarrollado.

Más tarde vendrá la posibilidad de encarar, primero, la ideación automática y después las vivencias de extrema vulnerabilidad. Solemos apelar aquí a técnicas que permitan hacerse más conciente de las formas rígidas que ha ido adoptando el propio pensamiento, bloqueando él mismo las posibilidades de hallar alternativas válidas a la situación problemática.Finalmente, lo más sustancial de estos momentos iniciales de una psicoterapia de los trastornos agudos de angustia, es brindar la posibilidad de ir tomando contacto auténtico, paulatinamente, con las motivaciones más profundas de la propia ansiedad que permita una mirada más serena sobre aquello que debe ser revisado.

A diferencia de otros fenómenos de nuestro acontecer psíquico, la angustia en sí misma no es un hecho patológico. Se trata de un dolor consustancial al vivir, siendo concientes, como lo somos, de lo inevitable de las pérdidas y de la muerte. Nadie es ajeno a esta experiencia, y si lo fuera sí que estaría seriamente perturbado. De lo que se trata entonces, es de lograr una relación tal con esta experiencia vital, que no la niegue, pues de esa negación suelen surgir las más de las veces los problemas, y en cambio permita integrarla en el flujo total de nuestra existencia.

Autor: Dr. Alejandro Napolitano. Médico psiquiatra. Gestaltista. Artículos publicados en la web de su centro http://www.bairesgestalt.com.ar/gestalt/material.htm

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